Te doy me das, me das te doy, no hay magias ni errores posibles la
única manera que tienen los que no tienen de ganarse la vida es trabajando
duro, así se gana plata no tirando una moneda y apostando la cara o la cruz, nadie
regala su plata, te doy me das parecía que me decía, me das te doy, ahí estaba
burlándose de mis sentencias de mis durezas en medio del resplandor de las
luces de una luna llena y un foco de cien en el patio de casa, el que no apuesta
no gana fui siempre de la vereda del frente, me daba no se qué pensar lo que
estaba pensando después de haber desparramado mi opinión por todos los lados
que eran muchos los lugares por donde andaba con mis amigos, me daba no sé que
aceptar lo que me estaba ofreciendo ese pequeño enano mordaz vestido con ropa estropeada,
qué juego ni qué juego la plata se gana con el sudor de la frente, maniático tenía
intactas mis manías, el juego de azar es un vicio que una vez que se agarra no
se puede dejar, como el chupe o el cigarro, que muchos pierden no solamente unos
pesos sino también sus fortunas en los casinos o en la máquinas tragamonedas, como
si hubiera estado jugando una payana que yo no quería jugar porque no
necesitaba ni me gustaba andar tentando a la suerte si la suerte me sonreía
apenas, mal pero me estaba sonriendo, con los ojos abiertos con los ojos
cerrados el duendecito estaba frente a mí, aunque yo me impusiera no mirarlo,
ni a él ni al número que o veía clarísimo y que con todo sus sarcasmos me señalaba
como diciéndome, te doy me das, los duendes no existen con los ojos abiertos solo
hay que cerrarlos y ahí uno los sueña o los ve, ellos quieren hacerse amigos
para llevarte con ellos allá donde viven, tal vez eso es lo que el hombrecillo
quería de mí, mientras me señalaba solo un número para hacer lo que quisiera
como apostarlo a la quiniela, a la cabeza, aunque fueran unos manguitos se
trataba de setenta veces la apuesta, siete setenta setecientos números de dios
y del diablo como el seis, ¿sería el diablo ese duende cómplice, sería un ángel
o simplemente una sombra?, lúcido en los días que siguieron y con la plata del
premio fui a comprar lo que me hacía falta, y contraté dos hombres para que
secaran de raíz el árbol donde él se aparecía, no fuera que volviera, y otra
vez mortificado, volviera con ese pacto con el duende, ese acuerdo, era un pacto
abierto, o ¿o ya el demonio me esperaba en la otra vida?

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