Como un energúmeno, pasado por
unas copas de más, como un incrédulo, de pronto en la oscuridad de la noche
viendo a ese pequeño hombrecito, no puede ser dije refregándome mis ojos que
viven con lagañas u orzuelos desde esos días que jugábamos en la arena haciendo
caminos y puentes que después de un tris desarmábamos, no puede ser, un duende
un hombrecillo de sombrero y ropa oscura y estropeada, me repetí sin hablar
embadurnado de escalofríos, si hace poco nomás después de mucho preguntar y
romper la paciencia de mis padres y amigos, mi abuelo, entre tantos al fin, ese
viejo piola que me llevaba a comer higos del único árbol que tenía en su casa,
me había dicho los duendes no existen con los ojos abiertos, existen en los
sueños o con los ojos cerrados, así los vemos en nuestra imaginación, como
aparecen en los cuentos, con sombreros de copas más altas que ellos mismos,
pantalones y sacos de color, oscuros y estrechos, camisas sucias y ajadas sin
cuellos, nariz aguileña y como ese que estaba viendo ahora, una sonrisa amplia
y de bonachón mostrando unas encías con un diente blanco solamente, como si
fuera una perla única en su gran boca desdentada, ahí estaba sonriéndome aunque
yo parpadeaba para volver a mi realidad que se había interrumpido, lástima que
fueron segundos, porque así como vino se fue, en medio de las sombras de las
luces de los resplandores de las estrellas y de los focos, sobre el árbol de
mango de casa, resulta que cuando volví de ese sueño, el duendecito con el que
estuvimos frente a frente, yo no sé si despierto o somnoliento, ese enano
simpático se fue entre esa espesura de hojas con la forma de un corazón
alargado.

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