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Friday, January 23, 2015

Duendes rima hadas.




Los duendes anduvieron donde anduvimos remontando la loma en tardes ardidas, desordenando lo que ordenamos de piedras pequeñas redondas de grises en gamas, recogiendo tal vez los restos de cocos amarillos y fofos que bajábamos a hondazos de las palmeras, anduvieron desordenando lo que dejábamos en hileras después de las payanas que armábamos en cuanto descampado encontrábamos, ahí cerca de nosotros, invisibles esquivos pícaros cuidadores, sucios y harapientos, bordeando los surcos verdes interminables, bastaba que una brisa moviera las janas, bastaba que un ruido de cosecheros lejanos llegara hasta donde estábamos y ahí nomás, los veíamos, uno de nosotros, dos, tres, pero no todos, a esos hombrecitos que se burlaban de nosotros, mientras íbamos escapando del chacarero que ponía el caballo al galope para asustarnos que no anduviéramos chupándonos la caña, con el corazón en la boca saltando de correr agitados y agitándonos en los serpenteos de los canales regaderos, en la pantalla donde abrían o cerraban las compuertas una media docena de obreros que nos tendrían de tilingos, los duendes, sombras entre sombras y claridades de luces variadas, estuvieron en las horas que anduvimos en siestas alborotadas en ocasos tardíos, el cabezón que se nos escabullía en las malezas pero que siempre, en forma definitiva, veía alguno de nosotros, para notar, para dejar constancia, contar de sus vestiduras oscuras de su sombrero de copa interminable cuidándonos a la distancia, el petiso que rengueaba según las versiones del primero que hablaba de nosotros en los largos silencios que entrábamos en caminatas infinitas mientras pensábamos que mientras ellos estuvieran no nos pasaría nada, ni siquiera otros duendes vendrían, y Gume, que era real, y vecino, que no daba a basto con las hinchazones de su elefantiasis prematura que nosotros ni por asomo entendíamos o entendimos, con las manos hinchadas y la quijada a la altura del ombligo, hasta el día que no estuvo más con los duendes sucios y harapientos en nuestra correrías, los duendes andaban como anduvimos, mientras las hadas, limpias y puntillosas, estuvieron ausentes.

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