Los duendes anduvieron donde anduvimos remontando la loma en tardes
ardidas, desordenando lo que ordenamos de piedras pequeñas redondas de grises
en gamas, recogiendo tal vez los restos de cocos amarillos y fofos que
bajábamos a hondazos de las palmeras, anduvieron desordenando lo que dejábamos
en hileras después de las payanas que armábamos en cuanto descampado encontrábamos,
ahí cerca de nosotros, invisibles esquivos pícaros cuidadores, sucios y harapientos, bordeando los
surcos verdes interminables, bastaba que una brisa moviera las janas, bastaba
que un ruido de cosecheros lejanos llegara hasta donde estábamos y ahí nomás,
los veíamos, uno de nosotros, dos, tres, pero no todos, a esos hombrecitos que
se burlaban de nosotros, mientras íbamos escapando del chacarero que ponía el
caballo al galope para asustarnos que no anduviéramos chupándonos la caña, con
el corazón en la boca saltando de correr agitados y agitándonos en los
serpenteos de los canales regaderos, en la pantalla donde abrían o cerraban las
compuertas una media docena de obreros que nos tendrían de tilingos, los
duendes, sombras entre sombras y claridades de luces variadas, estuvieron en
las horas que anduvimos en siestas alborotadas en ocasos tardíos, el cabezón que
se nos escabullía en las malezas pero que siempre, en forma definitiva, veía
alguno de nosotros, para notar, para dejar constancia, contar de sus vestiduras
oscuras de su sombrero de copa interminable cuidándonos a la distancia, el
petiso que rengueaba según las versiones del primero que hablaba de nosotros en
los largos silencios que entrábamos en caminatas infinitas mientras pensábamos
que mientras ellos estuvieran no nos pasaría nada, ni siquiera otros duendes
vendrían, y Gume, que era real, y vecino, que no daba a basto con las
hinchazones de su elefantiasis prematura que nosotros ni por asomo entendíamos
o entendimos, con las manos hinchadas y la quijada a la altura del ombligo, hasta
el día que no estuvo más con los duendes sucios y harapientos en nuestra correrías, los duendes
andaban como anduvimos, mientras las hadas, limpias y puntillosas, estuvieron ausentes.

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