El cura del pueblo sabía que por más que el sacristán pachorriento se
afanara en tocar bien las campanadas para la misa de las ocho cada día de
verano y de las siete en el infierno de calor en los vernos, haciendo escuchar
el repique en la aldea donde vivía, muy pocos le daban bola, él sabía muy bien
dónde andaban las ovejas descarriadas varones y mujeres que a la larga y a la
corta le caían al confesionario a contarle los detalles porque después que
pecaban era una de sacarse el cuero entre ellos mismos y principalmente con él,
que parecía que esos creían que estaba para escuchar solamente las cochinadas y
menos veces para escucharles balbucear la alegrías y las buenas noticias, sabía
muy bien que por mucho que se esforzara el picaron del monaguillo en colgarse
de las cuerdas en la mitad del campanario para la misa de las ocho sus ovejas
descarriadas lo mismo no saldrían de sus ocupaciones de trabajo o de retorcerse
en sus camas remoloneando, hasta los sábados a la tarde dedicados a las
confesiones ahí sí hacían colas, y también a algunas de las misas de los
domingos, aparecían recién después de la misa de las diez de la mañana cuanto
más tarde más cómodo para ellos, pero el curita así como conocía a cada una de
las ovejas de su rebaño, sabía también que un ramillete de viejas arrepentidas
y compungidas, si respondían al llamado de la misa de ocho, y que ellas sí, con
todo el tiempo del mundo porque se les acabaron las obligaciones lo mimaban
como correspondía, sabía bien que ese ramillete de viejas en batón que ni
siquiera se confesaban ya porque les alcanzaba con una confesión cada seis
meses, bajarían por las calles del pueblo para seguir sus misas en latín, coqueteando
con sus con sus ganas interrumpidas y los pañuelos envolviendo las cabezas
rezarían con él pidiendo perdón por los pecados más de pensamientos que de los
otros, ellas sí lo animaban y lo mimaban y le traían bollos con chicharrones, y
mantecas y mieles y, de vez en cuando, las humitas que le encantaban, de vez en
cuando igual que algunas otras cosas que al cura alemán le encantaba.

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