La abuela Socorro se pasó
haciendo favores a cuanto pariente rondara su casa y le avisara con el llamador
que era un puño de cobre fundido del cancel en la puerta de hierro por la que
se entraba, ella caminaba lento pero seguro el largo pasillo que separaba el cuarto
donde recibía las visitas y la calle y con disposición recibía al que llegaba, de
esa calle en la que todavía pasaban algunos mateos esquivando los pomposos
automóviles que comenzaban a circular como taxis en la ciudad, la abuela
Socorro se pasó haciendo favores a todos los de la parentela que le caían con
algún drama para que ella escuche o emitiera alguna opinión como consejo, se
pasó compartiendo la comida que preparaba religiosamente todos los días en unas
ollas negruzcas y gastadas sobre la cocina a leña que encendía apenas
despuntaba la madrugada, no lo decía pero siempre tenía ese plato que hace que
la gente ande diciendo por ahí que donde comen dos comen tres y en la casa de
la abuela Socorro a veces eran cuatro, y cinco, eso no le importaba, como no le
importaba cuando su viejo, el Liborio, le venía a pedir unas vituallas que
devolvía cuando cobraba su retiro, para no interrumpir sus vermucitos en el
mercado central de un vaso de de vino con un plato de sopa pulsuda, la abuela
Socorro le daba una mano a todos, así que cuando murió lo menos que merecía era
que los otros se la dieran con unos pedidos que les había hecho en vida,
sencillos no más como era ella, quería un velorio como cualquiera y que la
dejasen en nichos cercanos a donde estaban sus hermanas en el cementero de la
cruz, pedidos que no se cumplieron porque todos andaban apurados como para
ocuparse de esas cosas, no tuvieron tirempo de andar con nimiedades.

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