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Monday, December 22, 2014

Manos rima vacíos.


La abuela Socorro se pasó haciendo favores a cuanto pariente rondara su casa y le avisara con el llamador que era un puño de cobre fundido del cancel en la puerta de hierro por la que se entraba, ella caminaba lento pero seguro el largo pasillo que separaba el cuarto donde recibía las visitas y la calle y con disposición recibía al que llegaba, de esa calle en la que todavía pasaban algunos mateos esquivando los pomposos automóviles que comenzaban a circular como taxis en la ciudad, la abuela Socorro se pasó haciendo favores a todos los de la parentela que le caían con algún drama para que ella escuche o emitiera alguna opinión como consejo, se pasó compartiendo la comida que preparaba religiosamente todos los días en unas ollas negruzcas y gastadas sobre la cocina a leña que encendía apenas despuntaba la madrugada, no lo decía pero siempre tenía ese plato que hace que la gente ande diciendo por ahí que donde comen dos comen tres y en la casa de la abuela Socorro a veces eran cuatro, y cinco, eso no le importaba, como no le importaba cuando su viejo, el Liborio, le venía a pedir unas vituallas que devolvía cuando cobraba su retiro, para no interrumpir sus vermucitos en el mercado central de un vaso de de vino con un plato de sopa pulsuda, la abuela Socorro le daba una mano a todos, así que cuando murió lo menos que merecía era que los otros se la dieran con unos pedidos que les había hecho en vida, sencillos no más como era ella, quería un velorio como cualquiera y que la dejasen en nichos cercanos a donde estaban sus hermanas en el cementero de la cruz, pedidos que no se cumplieron porque todos andaban apurados como para ocuparse de esas cosas, no tuvieron tirempo de andar con nimiedades.


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