Con el crepitar de la leña que
traía del galponcito del fondo, salían las primeras chispas azuladas, azules, que
después se completaban con las chispas rojas y rojizas y coloradas, y más que
otras amarillas, de la lumbre que Socorro armaba temprano en las caldera del
horno, con el crepitar de la leña los brillos y los destellos desbordaban ese
pequeño espacio y se diseminaban como cientos de miles de estrellas en el cielo
cerrado de su cocina, en un cielo nocturno iluminado con esas luces tempranas
que ella prendía antes de las otras que se acumulaban como quilovatios que
pagaba en las facturas que le llegaban, con el crepitar de la leña Socorro se
quedaba ahí sentada unos minutos repasando sus universos que eran exclusivos de
ella mirando esas pequeñas brasitas luminosas que explotaban en chasquidos
hasta que el fuego tomaba la forma de fogata, ahí ella estaba segura que si en
el montón de leña que levantaba por día había una tarántula, esta se estaría abrasando
en el fatuo fuego del desayuno de los que se iban levantando, más de una vez
esos bichos asquerosos le hicieron pasar un sobresalto porque nunca la picaron
ni sabe si tienen veneno, como las viboritas que también se metían entre las
leñas, como las viboritas de las vecinas, viejas chismosas que andaban de
cuentos todo el día.

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