No les iba a andar contando a las
lengudas ponzoñosas esas lo que ella arreglaba con Liborio cuando le prestaba
la plata que al final el otro le devolvía cuando cobraba la jubilación que
tenía de la policía de la provincia que le pagaban el ochenta y dos por ciento
móvil, después de todo eran cuentas de ella con la plata de ella que le
mandaban de España y ella podía hacer de su culo un candelero hacer con esas
pocas vituallas lo que se le antojaba con esos pocos ahorros que tenía, culonas
de mierda que parecía que querían infundirle temores como las tarántulas que a
veces venían escondidas en los atados de leña que le dejaban dos veces por
semana y que ella acomodaba en el cachivachero del fondo, no les iba a andar
explicando a esas zorras que en vez de meterse con la propia vida se andaban
metiendo con la de ella, por qué ella le prestaba después de todo lo que el
otro le hizo de dejarla con los cinco críos sola mi alma para criarlos, no les
iba a andar explicando que el otro se fue a vivir solo pero que no la dejó sola
que nunca le decía que no cuando ella le pedía plata o remedios que era lo único
que necesitaba porque los vástagos le salieron de hache y tiza y la ayudaban
con las cosas de la casa, qué tenía que andar ventilando con esas sus intimidades, que les iba a andar
explicando que las dos o tres veces que el viejo le caía en el mes caía cuando
ella estaba sola y aprovechaba para manosearla como lo hacía cuando ella tenía
quince años y el era un hombre de treinta, que les iba a andar explicando que
de vez en cuando ella elegía eso que le hacía bien de volver a sentir como
cuando tenía quince años aún teniendo casi sesenta.

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