A mí me costaba llegarme hasta
donde ella estaba porque era lejos de mi casa, pero iba todas las veces que
podía, a verla de lejos, caminando o corriendo por calles de tierra trepando a
las tapias bajas de las casa iba jugando con la esperanza de verla, a esa niña
rubia que lejos de todo jugaba en el jardín levantado en medio de vías y
durmientes en desuso en la estación del pueblo, atrás de ella se soltaban los
vapores de dos locomotoras viejas que maniobraban con los vagones del ingenio
para que más tarde una máquina grande los enganchara y se los llevara, alguno
días también el coche motor imponente bufaba por sus pistones esperando que los
pasajeros de ese único día terminaran de acomodarse en sus lugares, mientras
pasaba todo eso yo me ilusionaba porque de vez en cuando ella levantaba su
vista, y mirando con sus ojos azules para el lado donde me encontraba, sacaba
una sonrisa inmensa y blanca como sus dientes y suspiraba, era suficiente para
mí para que yo la soñara una semana más hasta que pudiera volver, con todo lo
que me costaba, como un príncipe le hablaba sin hablarle en los sueños y suponía
que ella también porque no había oportunidad que yo fuera que ella no
estuviera, iba y volvía de esas citas distanciadas, hasta un día que no estuvo
más, mucho tiempo después alguien dijo que al padre, inspector de vías lo
habían trasladado, yo sigo soñando con ella aunque las arrugas y los achaques
me sigan confirmando que estoy más yendo que viniendo, no sé si ella seguirá
soñando conmigo después de tanto tiempo.

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