Cuando unas luces se apagaron por
completo en las casas en las calles y otras luces se encendieron en camiones y
camionetas donde iban gendarmes y entregadores, nosotros estábamos en Babia, unas
oscuridades cambiaron por otras, lo que eran claridades se oscurecieron y las
oscuridades se alumbraron, y las sombras en las paredes laterales que teníamos
cerca aparecían y desaparecían con la personas que corrían de una lado para
otro, como si fueran fantasmas escapando de aquello que ni comprendíamos,
cuando unas luces se apagaron por completo las fijas y las luces que se movían
con los movimientos de los vehículos de los milicos, se encendieron, nosotros ni enterados, allá
en Catriel ocupados en otros menesteres, caídos del catre como pocos no supimos
ni ver la maroma que se venía con aquellas prepotencias, si no fuera por el
negro ni nos enteramos aunque el estuviera como nosotros en otros menesteres en oscuridades que buscaba para apretar con la flaca que lo volvía loco, después de un año de esos tipos metiéndose en
todo ya entendíamos más o menos adónde apuntaban y, precisamente,
nosotros ni figurábamos en sus listas, éramos demasiado boludos para ser como
el negro que andaba jugado que apareció en resplandores que no nos llegaban, eso al menos nos dijo mientras lo llevamos al lugar
donde escapó, cerca de la casa de piedra a doscientos metros de la pantalla, se
zambulló en el cañaveral tupido como si se internara en un mar inconmensurable,
a esa hora las cañas enfiladas iluminadas por otra luz que no se prendía ni se
apagaba en cualquier momento, apenas llegaba con la noche y se iba con el día,
la luz de la luna llena.

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