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Saturday, November 22, 2014

Pitos rima mitos.



Seguramente, viendo para atrás, imaginando nuevamente esos silbidos mecánicos resultado de pistones que se movían con el vapor del fuego que la máquina llevaba en sus entrañas, bien para atrás, fuimos unos desconsiderados con él, cuando pasaba por las inmediaciones de casa puntualmente todos los sábados y todos los domingos de los inviernos que venían con todo, vientos lluvias humedades lloviznas persistentes, justo cuando estábamos acurrucados cerca de la cocina con sus hornallas todas prendidas acurrucados buscando el calorcito escuchando algún cuento de Eufemia, que nos asustaba o no hacía reír con la misma facilidad con la que nos mantenía quietos entre las ocho y las nueve y media de la noche, hora de la ceremonia de la cena que nuestro padre imponía como si fuera un sargento, unas disciplinas inexplicables cuando llegaban esos momentos que habrán sido para contar sus cuitas a mi madre, pero volviendo fuimos unos desconsiderados con él, que fue puntual por meses todos los años, años enteros, cuando estábamos así expectantes y se escuchaba desde la calle ese silbido forzado de su locomotora en miniatura armada con chapas rebuscadas, un suspiro, un chiflete alargado y penetrante que se metía por galerías, zaguanes y llegaba, claro, hasta donde estuviéramos, fuimos ingratos con él, nunca lo vimos, porque cuando llegaban sus anuncios en pitos agudos y penetrantes, la que lo iba a ver era la propia Eufemia que luego de pasar por el comedor por el dinero que le daba mi padre, volvía con los cucuruchos desbordados de maníes recién tostados, en eso confirmábamos no solamente que había pasado sino también, una vez más, que teníamos la seguridad de ese alimento que calzaba justo con la estación de su disposición en días de frío y estremecimiento y sarpullidos y chuchos, con la calidez en medio de la inclemencia, pero fuimos unos desconsiderados con él no creo que solamente nosotros sino muchos niños iguales de desconsiderados, porque al final era un vecino que de día dejaba su pequeña locomotora estacionada en la puerta de su casa mientras dormía, seguramente de sus caminatas rondando por el pueblo, casa vecina, como si para nosotros hubiera sido nada más que una fábula y no el manisero de la aldea.

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