Seguramente, viendo para atrás, imaginando
nuevamente esos silbidos mecánicos resultado de pistones que se movían con el
vapor del fuego que la máquina llevaba en sus entrañas, bien para atrás, fuimos
unos desconsiderados con él, cuando pasaba por las inmediaciones de casa puntualmente
todos los sábados y todos los domingos de los inviernos que venían con todo, vientos
lluvias humedades lloviznas persistentes, justo cuando estábamos acurrucados
cerca de la cocina con sus hornallas todas prendidas acurrucados buscando el
calorcito escuchando algún cuento de Eufemia, que nos asustaba o no hacía reír
con la misma facilidad con la que nos mantenía quietos entre las ocho y las
nueve y media de la noche, hora de la ceremonia de la cena que nuestro padre
imponía como si fuera un sargento, unas disciplinas inexplicables cuando llegaban
esos momentos que habrán sido para contar sus cuitas a mi madre, pero volviendo
fuimos unos desconsiderados con él, que fue puntual por meses todos los años, años
enteros, cuando estábamos así expectantes y se escuchaba desde la calle ese
silbido forzado de su locomotora en miniatura armada con chapas rebuscadas, un
suspiro, un chiflete alargado y penetrante que se metía por galerías, zaguanes
y llegaba, claro, hasta donde estuviéramos, fuimos ingratos con él, nunca lo
vimos, porque cuando llegaban sus anuncios en pitos agudos y penetrantes, la
que lo iba a ver era la propia Eufemia que luego de pasar por el comedor por el
dinero que le daba mi padre, volvía con los cucuruchos desbordados de maníes
recién tostados, en eso confirmábamos no solamente que había pasado sino
también, una vez más, que teníamos la seguridad de ese alimento que calzaba
justo con la estación de su disposición en días de frío y estremecimiento y sarpullidos
y chuchos, con la calidez en medio de la inclemencia, pero fuimos unos
desconsiderados con él no creo que solamente nosotros sino muchos niños iguales de desconsiderados, porque al final era un vecino que de día dejaba su
pequeña locomotora estacionada en la puerta de su casa mientras dormía,
seguramente de sus caminatas rondando por el pueblo, casa vecina, como si para
nosotros hubiera sido nada más que una fábula y no el manisero de la aldea.

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