Si no hubiera sido porque las
luces blancas de la pista precaria de Catriel que tardaban en prenderse después
que se apagaron, y del negro que en las sombras apareció con el Jesús en la
boca y acomodándose los pantalones porque había estado fornicando en una de las
galerías del club Arrieta, ningunos de nosotros se hubiera dado cuenta que se
trataba de una apagón general en todo el pueblo, ahí caímos en cuestión de
minuto que las luces se habían apagado por la calles y las viviendas y que otra
luces, más fuertes algunas, más blancas que amarillas se prendían en la noche oscura,
dispersas pero potentes venían de camiones y camionetas que patrullaban la
aldea, si no hubiera sido porque no volvieron entonces las luces blancas de la
ordinaria improvisada pista de Catriel donde franeleábamos invariablemente
todos los viernes los sábados y domingos vísperas de feriados todas esas noches,
y del negro que por esos días ya le había encontrado el agujero al mate de la
flaca entonces andaba todo el rato en esos menesteres, ni nos enterábamos que
se trataba de un operativo de los milicos que hacía poco nomás tomaron la
municipalidad y comenzaron a controlar los movimientos en el pueblo, e4n camionetas
y camiones que parecían toser con sus viejos pistones de años, en reventones
que parecían reventones de disparos de armas de fuego, ni nos enterábamos que
se trataba de un operativo para levantar zurdos y que en las listas que esos
tipos tenían estaba el negro anotado, por lo menos eso es lo que él nos dijo
resumiendo una historia que ni conocíamos, asustado como estaba cuando nos
pidió subiéndose al auto que agarráramos la ruta y lo lleváramos bien lejos lo
más lejos que pudiéramos, de esas luces que se prendieron cuando la usina del
pueblo apagó sus motores esa fría noche de julio del setenta y siete.

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