Cuando el diafragma del armatoste
de la máquina hizo el crack final indicando que la foto familiar para la
posteridad estaba terminada, que solo restaba que el añoso fotógrafo hiciera el
trabajo secreto del revelado, Franklin quedó solito sentado en su mullido
sillón que habían colocado al medio del patio atravesado por la mora, y
alrededor del cual tenían que entrar los cuarenta familiares que entre hijos
directos y políticos, hijos de los hijos, primos, estaban concurriendo de dos
día atrás al evento, en viajes que entonces eran una aventura en trenes
estresados u ómnibus descuajeringados, Franklin silencioso suspiró profundo y
dos lágrimas de viejo le cristalizaron los ojos y fueron desplazándose con
dificultad por las arrugas secas de su rostro, estaba enfermo del cuerpo no de
la cabeza, se daba cuenta bien de esa desconcentración tan prematura y tan
brusca después de haber posado diez minutos para esa foto donde saldrían todos
sonrientes y unidos, estaban pegados con moco como decía el más chico de los
nietos, podía escuchar los chismes de unos contra otros, las insidias, las
envidias, de esos seres que eran de su familia, y acomodó el esqueleto
octogenario sobre el mórbido sillón hasta que alguien viniera a rescatarlo, al
final fue la parte más difícil de esa foto para la historia, que estos que se
odiaban tanto pudieron convivir como si se amaran tanto un par de días para
darle el gusto a Franklin que rompió con eso.

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