Esclavo de las palabras que se
dicen amo de las palabras que se callan, cuando lo llamaron el gallo sabía que
con esa entrevista con el interventor se acababan sus veinte años de empleado
del correo del pueblo, justo entonces que estaba cerca de ser nombrado el jefe
porque los otros que lo llevaron se habían jubilado, viejo zorro de andar con
cartas y telegramas antes de llegar a la municipalidad sabía bien lo que le
iban a pedir con eso de andar mirando la correspondencia de la gente del
ingenio, a él que sabía muy bien de ese arte de abrir una carta y de volver a
cerrarla para que quedara como si nunca la hubieran abierto, de averiguar lo
más cierto posible lo que se desprendía de las palabras en los papeles y lo que
se desprendía de las palabras que no estaban, husmeaba en todo lo que la gente
se decía después que se agotaban las conversaciones o cuando las distancias
eran muchas como para andar charlando personalmente, que lo que la gente no
hablaba lo escribía y que sumando las dos cosas
alcanzaba para conocer bien a los infelices que trabajaban en contra de
los intereses de la empresa con los comunistas que se metían en los surcos y en
las fábricas, sabía que le iban a pedir que colaborara con el proceso y que él
iba a negarse y que los otros lo iban a indemnizar para reemplazarlo, pero a él
nadie lo obligaba por decreto.

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