Cuando llegó la moda de contratar
contadores y licenciados que asesoraban sobre organizaciones y métodos, contadores y licenciados que costaban mucho por los sueldos que pedían pero bajaban los costos por los despidos que programaban, comenzaron a florecer los legajos en armarios y estanterías que en la empresa
no se privaron de comprar como para que prolijamente cada para que uno de los
portantes de las siete mil almas que formaban esa gran familia, decía el
ingeniero todos los fines de años rodeado de un centenar de chupamedias,
tuviera en sus carpetitas todas las anotaciones que correspondieran para saber
si eran hacendosos o indolentes, en gajos de hojas movible que novedad tras
novedad se incorporaban a esos cartones con ganchos en sus extremos, si andaban
en la joda del sindicato o eran disciplinados de esos de hache y tiza de ir y
volver de la casa al trabajo, y como enredaderas con brevas que explotaban,
florecieron los legajos que cuidaba el carancho y completaba con papelitos de
los chismes otros chismes que recogía con los espías que tenía en todas las
secciones de la empresa y le reportaban seguro las novedades más bajas de los
infelices, allá donde además figuraban historias de sus inasistencias por mamas
y sus iracundias con los jefes en la empresa que les daba de comer los arengaba
cuando los llamaba a su escritorio antes de echarlos indemnizados, cuando llegó
la moda de contratar contadores y licenciados para que asesoraran sobre
organizaciones y métodos acondicionaron las oficinas para guardar tantos
legajos menos el de él, que no lo necesitaba, el reportaba al ingeniero, sin
saber que el ingeniero tenía su espía otro espía, que lo espiaba al propio
carancho.

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