Tirar la sortija, el testimonio de lo que fuera hacia los
cuadros que se iban dejando cumplidos en el camino, en cada turno que tocaba
hacia cielos, o infiernos que no se conocían, otros que sí, en las armonías en
las peleas de los bordes de las infancias, en los martirios de padres
bondadosos o de padres neurasténicos que se quejaban y renegaban por todas las
chiquilladas que se hacían o se habían estado haciendo, volviendo, levitando
hacia esos espacios dibujados en los pisos de patios o zaguanes que quedaban
después que nos íbamos que se borraban con el agua que corría si llovía, con
las pisoteadas o las escobadas de las muchachas desesperadas y maniáticas con
la limpieza, ellas tenían más habilidades que nosotros para alcanzar los cielos
después de las escalas por las que iban a los brincos igual que nosotros, en
una pierna haciendo equilibrio con las dos piernas suspirando en las treguas de
esos juegos que exigían, no cualquiera empezaba no cualquiera terminaba no
cualquiera se quedaba en medio de esos laberintos de postas donde se brincaban,
ellas se levantaban apenas las polleras para hacerlo con facilidades de damas más
cómodas que nosotros que por ahí no incomodaban lo que pedíamos los primeros
pantalones largos porque cargaban los compañeros con los otros pantalones que
dejaban al descubierto los pelos de grandes de las piernas cuando aún éramos
unos niños, los cachetes de los culos blancuzcos que avergonzaban, ellas tenían más habilidades de brincar y
sostenerse con su piernas flacas en equilibrios que les permitieran no tocar
las superficies de los pisos de dónde jugábamos y a decir nomás, parecía que no
les interesaban los cielos que se alcanzaban y que a lo mejor eran los
infiernos pero porque cuando llegaban por esas zonas ya tenían más puntos que
los puntos que se daban en esos finales, ellas tenían más habilidades pero
nosotros llegábamos más seguros sumando, igual que en las payanas.

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