Nos perpetuamos en las costumbres
que dejamos en los otros, indelebles, invisibles, ahí en esas cosas en donde
incluso no quedamos más que por la circunstancia de haberlas transmitido de
haberla pasado como una posta que se pasa cualquiera, en esas huellas en esos
rastros de aquellos que se quedan con nuestra información genética o con
nuestra transmisión del boca a boca, ahí nos inmortalizamos aunque en las
posteridad no interesan los nombres que hayamos tenido que es lo de menos, si
no andamos con la estupidez de quedar inmortalizados en el rótulo de una calle
o de una plaza como les gusta a muchos, pero que también es efímero porque eso
dura hasta que alguien lo cambia, y así nomás borrón y cuenta nueva, nadie nos
recuerda, nos hacemos inmortales en esas tradiciones, malas o buenas que quedan
con los que quedan que nos sobreviven para que otros los sobrevivan, en esas
arcadas en esa síncopes en esos vahídos que nos llegan a cualquiera sin ser
celebridades, ahí quedamos en esas entidades inasibles en esas incorporeidades
más allá de los bártulos que dejemos, pocos o muchos, cuyas posesiones al final
de los finales se juegan en escribanías y se resuelven en reclusiones en
geriátricos, en esas mezquindades tan obvias para los viejos que sacan mil
bostezos, cuanto más se tuvo más son los caranchos que sobrevuelan los bofes,
cuanto menos se tuvo más libre de esos vuelos carroñeros.

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