Así fueran páramos tenebrosos y
desiertos las calles en las madrugadas, las mismas calles los banderines y
otros chirimbolos colgados de las ramas de los lapachos y de los paraísos los
postes de la luz y otros puntos fijos a tres o cuatro metros de altura, tenían
por esos días de fiestas patronales otros paisajes que se juntaban con las
floraciones de la primavera y les cambiaban el aspecto, eran unas pocas calles
así alguien en la comisión de organizadores se ocupaba que en cada una quedara
un vestigio aunque mínimo de esos días cuando todos andaban detrás de la
virgencita del rosario, la entronización y después la procesión se juntaban en
no más de un par de días, más los de la novena que resultaban en una semana de
días en que esas calles quedaban adornadas y repuestas, como las almas de los
fieles ovejas descarriadas del curita alemán que aprovechaba esos días para
volverlos todos al rebaño del señor misericordioso, al menos de palabras y
arengas que repetía en las dos misas diarias y en las tres de los domingos si
se daban, justos y pecadores, que rezaban pidiendo sus perdones y volvían a
pecar en los mismos momentos de las ferias de platos cuando compraban y vendían
las cosas que traían de sus casas, así fueran bulevares diáfanos y concurridos
las calles en las tardes con la gente liberada de sus obligaciones laborales, las
mismas calles los banderines y otros chirimbolos, tenían por esos días de los
otoños, otros paisajes, porque pasadas las fiestas nadie se ocupaba de descolgarlos
hasta la llegada del otro año cuando se hacían todos los trabajos, como el
mismo curita no se ocupaba de los pecados de sus peregrinos que, sabiendo que
los reclamos, llegaban una vez por año, se paseaban dispendiosos por los caminos, senderos cerrado como túneles estrechos en los infiernos.

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