Un mechón de tus cabellos y
Venecia sin ti le pedía que le ponga esos temas los días que el otro la llamaba
para que le haga todos los servicios que se le ocurrían mientras daba órdenes
más instrucciones, que la verdad es que se le ocurrían varias cosas era muy
ocurrente, pero ella sabía que esos eran los peajes de su libertad, hacía rato
que se había dado cuenta que estaba pagando el precio de quedar, de permanecer
adonde estaba, que era mucho decir que era mucho pedir considerando lo que
deambulaban los otros, esos que no veía, esos que gritaban, puteaban, y que
después no estaban más, las noches se hacían interminables cuando el tipo por
algún motivo no la llamaba, cuando la dejaban a oscuras, sin dejarla lampacear
siquiera el piso con desodorante para bacterias en el mismo cuartucho donde y
dormía y cagaba, en esas noches ella sospechaba que probaba con otras reclusas
que sabía que había porque escuchaba las voces, los quejidos, lo comentarios de
otros prisioneros que como ella entraban por nada para averiguación de
antecedentes y vegetaban en calabozos de morondanga, las noches eran cortas
cuando la llevaban con él y la encerraban y él le pedía que le haga todo eso a
lo que fue acostumbrándose, para esas noches había preparaciones que comenzaban
unas horas antes, con perfumes y esencias que le hacían llegar los ayudantes
del mayor comandante, que iba aflojando con el tiempo y le hablaba y le decía
que le gustaban las mujeres que le daban todos los gustos a sus hombres, las
noches se le hacían cortas, porque le permitían darse duchas cálidas y disponer
de lo que ella le pedía, los ungüentos para hidratar esa piel blanca de tanto
andar en los sombras, retocarse los bordes de los ojos, adornarse los párpados,
hacer todos los revoques que lo aflojaban antes, mucho antes que ella empezara
con sus artes de hembra embravecida, para aflojarlo.

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