Las sirenas que suenan puntuales
a las cinco a las trece y a las veintiuna, parecen los llantos quejumbrosos de
incontables lloronas en velorios anodinos que no les importan nada más que para
eso de zafar por unas horas de las casas y de los maridos absorbentes que joden
por la comida y andar tocándolas todo el día por todos los rincones fornicando
porque comen tanto que les sobran fuerzas y energías como para garcharlas
todavía, la sirenas de los cambios de turno suenan como octavas agudas y
chillonas que despiertan a todos los parroquianos y también a los remolones que
se dan vueltas y siguen durmiendo en el segundo treinta y dos cuando dejan de
sonar, en cambios los pitos graves que marcan los ritmos en los trapiches que
suenan cuando comienzan o terminan las zafras, parecen las toses de cientos de
viejos añosos gastados por la vida renegando en la plazoleta del ingenio, las
sirenas y esos silbos gravosos de las lloronas y de los viejos suenan cada día
de los ciento ochenta días que se tarda en levantar la cosecha del año,
mientras en las casas las mujeres de los empleados y obreros llevan
manualidades pespunteando chalinas para taparse la espalda los días de
invierno, y los viejos arriman sus bochines a las bochas con una precisión que
es propia de pulsos sin temblores, en los días de fiesta cuando descansan de
hacer sus duelos, cuando no lloran ellas cuando no tosen ellos.

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