Los chismes terminaron siendo
como esas bolas de nieve que no se vieron nunca de tanto afincarse en ese
pueblito de mierda tan parecido a la caldera del diablo ese pueblito de
mezquinos de pueblo chico infierno grande, donde no lleve más que un par de
días casi todos los años para cuando pasa Santa Rita, y después no bajan los
treinta y cinco como para andar viendo nevadas, como esas bolas de nieve que se
ven en la películas de Tom y Jerry, tienen que ser que los chismes se fueron
acumulando como esos ventarrones encerrados en bolas empujadas por los vientos
que aplastan a los que andan por el medio y a otros más, tienen que haber sido,
primero unos cuantos de los tipos más asustados por esos milicos preguntones de
los que ya sabían y de lo que ya traían instrucciones, y después un poco menos
pero siempre acumulando, porque así como comenzaron a serlo de pronto un día
dejaron de serlo, toda esa cadena que en muchos años le sirvió al carancho para
tener informada a la cúpula de la empresa que discretamente escondida seguía de
cerca la limpieza convenida para las fábricas, serán cuatrocientos zurdos pero
cuatrocientos son muchos para boicotear los intereses de una empresa seria,
alegaba el carancho en discursos de ruedas de amigos cenas opíparas de asados
con carnes tiernas de Juan el carnicero que llevaba el pedido personalmente, y
vino mucho vino, festejando las ocurrencias para borrar del mapa a los
molestos, no se podía seguir produciendo en esas condiciones, con los negros
iracundos metidos en el corazón de la caldera y de los engranajes midiendo por
conocimiento cada centímetro de una cocina que apagaban hasta cerrando la
válvula del agua, esas calderas en las que se maceraba, esa lava del azúcar
negra.

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