Nadie pudo andar poniendo en duda
que al cura Martínez unas vacaciones le harían más que bien, dejar de escuchar
a los montones de ovejas descarriadas que los miércoles de confesiones le
llenaban la parroquia como hasta las diez de la noche, si al final panzón y
renegón como era, además era un pan de dios y como un ángel de la guarda
entrado en peso, iba a las tardecitas por las casas bendiciendo maldiciendo a
veces, y entre mates y bollos redimiendo con la señal de la cruz y otros
gestos, entre eructo y eructo liando a diestra y siniestra en medio de los
provechitos que lo hacían que se anduviera disculpando, bendiciones con valor
agregado, vahos de aliento a ajo y cebolla, nadie pudo andar poniendo en duda
unas merecidas vacaciones, lo que sí le dijeron después los que quedaron, es
que el momento no fuera el oportuno, que justo los dejara con esos matones que
se llevaron a la misma gente del pueblo como si fueran unos desconocidos, la
noche del apagón, matones de porquería cuando ayer nomás eran empleados grises
del ingenio, los matones y los que ellos encararon, sí le reclamaron que justo
esos días cuando más lo necesitaron lo encontraban al padrecito Carmelo, su
reemplazo, que no se jugaba por nadie, que con que era de Italia, le negaba
soluciones a cualquiera, hasta don Fuad lo anduvo buscando sin poder
encontrarlo, quería decirle que le llegó el mensaje que su hija la arquitecta
había desaparecido en el jardín de la república, mucha plata le tiene que haber
dado el carancho para que el cura se desapareciera tanto tiempo y los dejara en
medio de las masacres, como si se lo hubiera tragado la tierra.

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