Con el tiempo, con el ocio, con
el ojo de un ingeniero con su teodolito, buscando el milímetro, buscando los
soportes al menos por unos momentos lo que después se desmoronaba, con el tiempo con el ocio con el ojo de un ingeniero presentaba el
flaco Pinky los perfiles de sus puentes en escala, sus puentes perforando las
montañas que con sus mismas manos moldeaba, largos sinuosos, estrechos o anchos, de las dos o tres montañas que al
final, se le ocurrían, poner en el origen y en el destino, entre el comienzo y
el final de esos escenarios de arena que armaba cada vez que contaba con los
permisos correspondientes, es que el flaco volvía de sus montajes convertido en
una mugre, enchastrado del material con el que iba haciendo sus puentes los apuntalamientos a sus obras civiles, los
detalles de ese escenario que trazaba cada día, con el tiempo con palitos que buscaba entre la leña que traían para las cocinas para los hogares que se encendían en los inviernos, con
el ocio, y las maderitas que juntaba de fósforos usados y astillas, con el ojo de
un ingeniero, presentaba sus caminos siempre en cornisas peligrosas, y
sinuosas, como interminables serpientes demacradas, que conectaban sus
horizontes en esta tierra, esos horizontes reducidos de sus cálculos minúsculos y certeros, y los
cielos abiertos al cielo real que sobre su cabeza, pintaba de colores
diferentes según fueran las horas del día o las estaciones del año en los que
estuviera, el volaba así en ese su mundo, se volaba de este mundo, hasta que los gritos de los retos de
mamá lo devolvían, a las rutinas que menos quería que terminaban en los cuentos
que ella le contaba mientras se dormía, lo mismo el flaco soñaba siempre lo
mismo, vientos nocturnos llevándose sus construcciones a las que volvía, con paciencias de ingeniero, reparando, cada
vez que le daban permisos.

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