Los padrenuestros valían lo mismo
que las manchas que se jugaban, que las rayuelas de las niñas o las picaditas de
los niños mientras no se pelearan y maldijeran, eso les decían, que esos eran
pecados mortales, de esos que no se perdonaban fácilmente en los
confesionarios, como las mentiras, las contestaciones a los mayores, que de
todo eso había que estar limpios para recibir las ostias, las listas eran
largas, cosas, pruritos de los que se iniciaban de los que los iniciaban o de
los que enseñaban, en esas tardes de los sábados, organizadas por las señoras
de las damas de rosa, o de otras damas caritativas que se tomaban sus trabajos
de colaborar mientras estaban en la peluquería de la Blanca, esas mujeres
bigotudas depilándose que los mandaban a los que enseñaban catecismo, que quedaban pegados como esos niños, cándidos,
picaros inocentes, enredados en las escondidas que se jugaban, ellas lo sabían,
igual a las escondidas del padre que si los pillaba en esas dilaciones, se
enojaba mucho con ellos y los retaba por andar perdiendo tiempos preciosos, los
evangelizaba, porque en vez de estar en complicidades con los niños con sus
juegos deberían estar enseñando a esos niños insolentes los misterios de la
pasión de Cristo y todas esas cosas de los centuriones lavándose las manos y
salvando a uno que se llamaba Barrabás en vez del nazareno, haciendo eso antes
de hacerles la vista gorda después del chocolate que les servían a las cinco de
la tarde y que les repartían con las galletitas que los mismos progenitores
dejaban como donaciones, deberían estar repitiéndoles los avemaría y los
glorias que se rezaban, igual, con las mismas devociones que se tarareaban los
Antón pirulero, con las partes de las letras, que no se sabían que no se
aprendían, repetidas repitiendo lo que decían los que estaban cerca, corriendo
y escurriéndose por los canteros, poblados de ligustrinos que rodeaban la casa
de la curia y toda la iglesia del alemán renegón del cura Keyner, canteros por donde
ellos corrían en sus juegos como corrían recitando las oraciones, divertidos,
hasta cuando de otras parroquias venían a ver si ya sabían las cosas mínimas
para hacer sus primeras comuniones, que para eso se juntaban los sábados a la
tarde todas las tardes de un año entero, así fueron las tardes del flaco,
parecidas a las tardes de sus amigos, sus tardes felices, de aprendiz primero
de instructor cuando se hizo más grande, cuando andaba con eso del corazón en
bandolera de Adamo, hasta que una de las niñas, una de esas niñas, sin miedos a
pecados mortales o veniales lo metió entre sus piernas y le hizo perder la
inocencia en un rincón de esos que frecuentaban en sus juegos, dos niños que empezaron con eso que los llevaba, derecho, a
engendrar su primer crío.

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