Como si fuera que fueran a
fermentar, por los calores agobiantes y de órdago, o por los fríos
definitivamente amortiguados por la proximidades al trópico de capricornio, los
olores de las especias circulaban en el aire por las brisas, confundidos y
confundiendo, y confirmando el bullicio y el abigarramiento que se armaban con
la feria boliviana de los martes y los jueves en los paredones de piedra que
bordeaban la estación, en esos días que eran los días cuando llegaban los
trenes de pasajeros procedentes de la linda y de los pericos en la tacita de
plata, los olores del azafrán y la mostaza mezclados con los olores del
orégano, con los de la nuez moscada y el clavo, impregnaban los alrededores
embromando a algunos transeúntes alérgicos que estornudaban o moqueaban con sus
fragancias, igual que con las fragancias del ajo del pimentón de los fuertes,
el sésamo o del aceite de oliva fraccionado ahí nomás en frascos pequeños para
bajar los precios a los vecinos de billeteras más flacas que otras, como si
fuera que fueran a fermentar los olores de esos polvos de condimentos como el
tomillo con el que algunos rociaban sus comidas, que también se ofrecían y que despedían
también sus olores particulares, como los picantes de pollo o las sopas de maní
que se comían por las inmediaciones, por los calores agobiantes y de órdago, o
por los fríos definitivamente amortiguados por la proximidades al trópico de capricornio,
los olores de las especias circulaban en el aire por las brisas reforzando el
clima especial de las siestas que Don López se dormía, adormecido por madrugar
y por el litrito de blanco que le daba al mediodía como si fuera una obligación
en medio de sus rutinas, sopores en los que entraba para recuperar fuerzas y
estar despejado para seguir con las cosas del despacho, en las tardes que se
hacían las noches también en las zafras, somnolencias en las que roncaba
recostado sobre la hamaca bamboleante que tenía, en los veranos debajo de la
sombra inmensa del frondoso limonero crecido a unos metros de la vía principal,
y en los inviernos en las proximidades a la intemperie aprovechando a pleno el
calorcito del sol de esa hora que lo adormecía más todavía, remoloneaba.

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