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Monday, July 21, 2014

Empalagadas rima languidez.


En épocas de zafra las dos chorberas le daban las veinticuatro horas exigidas como dos dragones poderosos de la mitología trajinando con docenas de miles de vagones que salían cuando los acomodaban, esos monstruos con otros monstruos en la lía, acomodando furgones en formaciones de treinta vagones tirados por una máquina diesel, iban y venían de la frontera entre la playa y el ingenio, tironeando de a dos a lo sumo de a tres vagones zarandeándose, en medio de luces y los ruidos, que en la oscuridad de la noche o de la madrugada daban un espectáculo parecido al parque de Sibalero en sus mejores épocas, luces y ruidos con las chispas que sacaban los bogues en fricciones con los rieles de acero, repetidas por la cantidad de curvas y cambios que había, con las chispas que salían de la calderas, alimentadas a cada rato por los ayudantes y un par de linyeras contratados por propinas que acarreaban los fardos de la leña con los que las alimentaban, fogonazos de llamas que se escapaban por agujeros o grietas de esos inyectores que parecían las panzas ulceradas de los dragones enojados lidiando con lo que apenas podían, el traca traca de los ruidos de los pasos de los engranajes de la transmisión abajo, y los soplidos de los pistones descargando presiones de la caldera por arriba, eso eran los entornos por los que el cansino de Languidey caminaba cada madrugada con la planilla de playa apuntando las numeraciones de los vagones de carga que después le llevaban todo el turno de la mañana para pasarlos a los mamotretos de ferrocarriles coincidiendo con las documentaciones que les dejaban los que hacían el despacho en ingenio, renegando por su destino, porque apenas llevaba unos años de ayudante de Don López para hacerle todo el laburo mientras el otro, haciendo provechos, roncando satisfecho, dormía panza para arriba la mona explotando como los dragones las moles de las chorberas, entre hipos eructos y pedos.


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