En épocas de zafra las dos
chorberas le daban las veinticuatro horas exigidas como dos dragones poderosos
de la mitología trajinando con docenas de miles de vagones que salían cuando
los acomodaban, esos monstruos con otros monstruos en la lía, acomodando
furgones en formaciones de treinta vagones tirados por una máquina diesel, iban
y venían de la frontera entre la playa y el ingenio, tironeando de a dos a lo
sumo de a tres vagones zarandeándose, en medio de luces y los ruidos, que en la
oscuridad de la noche o de la madrugada daban un espectáculo parecido al parque
de Sibalero en sus mejores épocas, luces y ruidos con las chispas que sacaban
los bogues en fricciones con los rieles de acero, repetidas por la cantidad de
curvas y cambios que había, con las chispas que salían de la calderas,
alimentadas a cada rato por los ayudantes y un par de linyeras contratados por
propinas que acarreaban los fardos de la leña con los que las alimentaban,
fogonazos de llamas que se escapaban por agujeros o grietas de esos inyectores
que parecían las panzas ulceradas de los dragones enojados lidiando con lo que
apenas podían, el traca traca de los ruidos de los pasos de los engranajes de
la transmisión abajo, y los soplidos de los pistones descargando presiones de
la caldera por arriba, eso eran los entornos por los que el cansino de
Languidey caminaba cada madrugada con la planilla de playa apuntando las
numeraciones de los vagones de carga que después le llevaban todo el turno de
la mañana para pasarlos a los mamotretos de ferrocarriles coincidiendo con las
documentaciones que les dejaban los que hacían el despacho en ingenio, renegando
por su destino, porque apenas llevaba unos años de ayudante de Don López para
hacerle todo el laburo mientras el otro, haciendo provechos, roncando
satisfecho, dormía panza para arriba la mona explotando como los dragones las
moles de las chorberas, entre hipos eructos y pedos.

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