Que los recorridos determinados
en la mañana coincidan con los lugares donde compran la carne y la verdura para
que el fogonero se baje y rápido ande con los encargos del día anterior, que
las ausencias por minutos de los obreros de vías y obras pasen desapercibidas,
de los mismos que se encargan de las bebidas y el hielo, todos los días las
mismas rutinas, como si fueran partes de ceremonias que se hacen con las mismas
meticulosidades que las misas o las peticiones en los monolitos de la difunta
correa, con los mismos cuidados que se ponen para anotar en los mamotretos de
los libros de recepciones y salidas, con los mismos cuidados que se ponen en
las escrituras que tienen que hacerse con letra grande y redonda y pluma que se
remoja en tinta del mismo color que la tinta de los sellos con los que se
cierran los despachos de cada día, las recepciones de los trenes de los martes
y los jueves, todos los días las mismas rutinas, haciendo de cuenta que el
gordo del jefe no sabe nada, cuando sabe muy bien de los movimientos y les va
dando propinas que no salen de sus bolsillos sino de la caja chica que le dan
en el ingenio, para ayudarlos, porque les dice a sus colaboradores, panza llena
corazón contento, así que pagar las comilonas es más barato que contratarlos en
el ferrocarril con la burocracia que hay que seguir, con las mismas señales
como a las tres mil de cada día, ángulo recto la aguja chiquita en las tres y
la grande en el número doce, cuando ven a la distancia las agujas inmensas del
mamotreto del reloj visibles en la torre de piedra de la estación, minutos más
minutos menos, los cambistas son los primeros que dejan por unas horas sus
lugares en la playa, y se encargan de sacar de los galpones y acarrear el
elástico de cama de una plaza que usan de asador, esas son las señales que Don
López entró en esos limbos en los que andará dos horas soñando y roncando, y
eso les marca los tiempos a sus colaboradores para atragantarse con asado y
unos buenos tintos, esas son las señales que en algún lugar de las líneas de
las vías que se entrecruzan los maquinistas dejaron leña encendida que sacaron
con palas de las calderas de las máquinas, para que los controladores de
vagones, reforzaran las brasas y tiren toda la carne al asador.

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