Ungüentos de eucaliptos, pomadas
de menta para abrir los bronquios con apenas unas cuantas fricciones en el
pecho, recuperaciones de alergias que embromaban en parte las tráqueas, para esos
resfríos cerrados con mocos verdes, para asmas complicadas, boldos para apagar
los incendios que venían después de opíparas ingestas de pollos fritos y
arroces blancos, de las puntadas en la cabeza por las resacas de tantas
libadas, tilos en bolsitas de plásticos de cien gramos, que garantizaban bajar
las neurastenias de abuelos enjetados renegando por hijos sin porvenires, hojas
de coca fraccionadas en paquetes de cien y de ciento cincuenta gramos, que en
los acullicos o en las infusiones, transmitían nuevos bríos y nuevas energías
bajando jaquecas incómodas, vigorizando para noches de orgías no interrumpidas,
jugos de primer o de segundo hervor de
hojas de quimpe también en atados de cien gramos se entregaban con las
prescripciones que los brotes del acné se acababan para todo el viaje,
quiromancias, lecturas de las rayas de las palmas de las manos, tirados de
caratas y desatadas de nudos en problemas serios de amores, todo eso, eran
productos de las ferias de los bolivianos de los martes y los jueves, más mudas
de ropas baratas mezcladas con frazadas de barracanes, y ponchos de lana de
vicuña, aparecían las ofertas sobre tablones montados sobre caballetes
improvisados debajo de carpas desplegadas y sujetadas a puntos fijos con
piedras o alambres, banderines y banderitas, todas esas eran partes de las ferias
a la entrada de la estación del pueblo, a pocos metros nomás donde Don López
dormía su mona y sus empleados y obreros trabajaban distendidos por los vinitos
que se tomaban durante los turnos, como si fueran días festivos, como si fueran
fiestas patrias o patronales.

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