Tienen que haber sido dos o tres
no más los destinatarios de los sermones del padre Martínez, multiplicados por
tres los sábados y los domingos especialmente, cuando no le venía algunos de
los dos padrecitos que tenía como ayudantes y que medio remolones le pegaban
faltazos con frecuencia con lo que quedaba solo mi alma, tienen que haber sido
dos o tres nomás los destinatarios porque en cuanto comenzaba con sus arengas
que eran más personales que evangélicas, los niños se ponían pesados y
revoltosos y jugaban a las escondidas en los confesionarios y en cuanto hueco
encontraban mientras burlaban los controles de los padres torturadores si se
daban cuentas, cerca las vecinas aprovechaban para pasarse entre murmullos las
novedades de los sabandijas varones y mujeres de la cuadra que hechos los
méritos correspondientes como para merecer esos honores de estar en la boca de
las más chismosas andarían por ahí jugando sus propios infiernos, y cerca los
monaguillos que aprovechaban ese momentos para descansar de las tensiones que
les dejaban las jornadas completas con el cura, todo el día, que se concentraba
en arriar a sus ovejas descarriadas en especial con los asuntos de las
propinas, porque en la empresa le habían cortado los víveres y él como
cualquiera tenía que comer, les repetía en cuanta ocasión se daba en medio de
las parábolas y los misterios, tienen que haber sido dos o tres nomás los
destinatarios de esos largos, monótonos sermones, porque casi nadie se daba por
aludido, aunque lo mismo cumplía con el rito como si fuera una obligación, de
discursear por veinte minutos corridos, así que no faltaba quien se durmiera
una pequeña siesta al calor de sus palabras, entre ellos alguno de los pastores
de los mormones que se pasaban afanándole no solamente fieles sino también las
propinas.

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