LA CASA SOLA
:Kispe construyó su
casa junto a una de las rápidas cuestas del cerro Huankar, el rosado cerro de
Abra-Pampa. Con sus manos, que también sabían hilar y tejer, amasó el barro
bermejo. Sin plomada levantó las paredes. En las faldas del cerro natal, en
donde viven las vizcachas saltadoras, cortó viejos cardones para armar la
techumbre; sobre las vigas colocó el cañizo atado con tientos y encima de todo
puso la paja de iro.
De cardón fueron las puertas; de
cardón fueron también los palos del telar indio, en que Kispe solía tejer a
huinaza y a peine, mantas de vicuña, barracanes, cordellates y picotes.
Todo encontró Kispe a la mano; y
no se le ocurrió preguntar cúyo era el terreno...
-¿Lo conociste a Kispe, tatay?
- No, señor...
-¿ Y que no soís de aquí?
- De aquí mismito, señor; pero él
murió hace mucho...
-¿Nadie viene a vivir a su casa?
- Nadie, señor. Velay, en la
misma cocina se entró a buscarlo una centella... Lo dejó carboncito, señor,
sentado junto a un fuego de tola...
-¿ Y a la mujer y a los hijos, no
les hizo nada?
- Si vivía él solo, señor.
-¿Solo? ¿Por qué?
- Porque a la mujer y a los hijos
se los llevó la peste de la viruela negra.
- Su casa parece casa de
muertos...
- No la hizo guayar antes de
empezar a usarla, señor.
-¿Guayar?
- Si, pues. Para que la casa le
dure al dueño y para que el dueño le dure a la casa, hay que guayarla cuando se
acaba de techar. Velay, del cañizo se cuelgan dos huevos de gallina y entre el
dueño y sus amigos, juegan a flecharlos... Después... chicha ahogada y canto y
baile...
-¿No la guayó?
- No, pués.
-¿Por qué?
- Cómo será... La cosa es que a
él, una noche en que el viento bramaba, se cayó una centella del cielo y lo
dejó carboncito junto al fuego de tola.
Kispe, el tejedor, construyó su
casa de paja y terrón, a los pies de una de las cuestas del cerro Huankar, el
cerro fragoso y rosado de Abra-Pampa; trajo a su compañera. Cinco años después
ya tenían tres guaguas y una tropilla de ovejas. De rompe y rasga la peste le
quitó la mujer y los hijos. Coqueando, coqueando de día y de noche, se olvidó
de sus muertos queridos, se olvidó de sí mismo... Y una noche, mientras rumiaba
su acuyico, sin pensar en la vida ni en la muerte, en el dolor ni en la dicha;
una noche de truenos horribles, mientras los nublados cerros le disparaban al
furioso viento, se abrió el cielo, onduló una centella, corrió, corrió, llegó a
su casa, penetró en la cocina y besó su frente...
- Quedó carboncito, señor, junto
al fuego de tola...

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