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Monday, July 14, 2014

Difusiones, Dávalos


LA CASA SOLA

:Kispe construyó su casa junto a una de las rápidas cuestas del cerro Huankar, el rosado cerro de Abra-Pampa. Con sus manos, que también sabían hilar y tejer, amasó el barro bermejo. Sin plomada levantó las paredes. En las faldas del cerro natal, en donde viven las vizcachas saltadoras, cortó viejos cardones para armar la techumbre; sobre las vigas colocó el cañizo atado con tientos y encima de todo puso la paja de iro.
De cardón fueron las puertas; de cardón fueron también los palos del telar indio, en que Kispe solía tejer a huinaza y a peine, mantas de vicuña, barracanes, cordellates y picotes.
Todo encontró Kispe a la mano; y no se le ocurrió preguntar cúyo era el terreno...
-¿Lo conociste a Kispe, tatay?
- No, señor...
-¿ Y que no soís de aquí?
- De aquí mismito, señor; pero él murió hace mucho...
-¿Nadie viene a vivir a su casa?
- Nadie, señor. Velay, en la misma cocina se entró a buscarlo una centella... Lo dejó carboncito, señor, sentado junto a un fuego de tola...
-¿ Y a la mujer y a los hijos, no les hizo nada?
- Si vivía él solo, señor.
-¿Solo? ¿Por qué?
- Porque a la mujer y a los hijos se los llevó la peste de la viruela negra.
- Su casa parece casa de muertos...
- No la hizo guayar antes de empezar a usarla, señor.
-¿Guayar?
- Si, pues. Para que la casa le dure al dueño y para que el dueño le dure a la casa, hay que guayarla cuando se acaba de techar. Velay, del cañizo se cuelgan dos huevos de gallina y entre el dueño y sus amigos, juegan a flecharlos... Después... chicha ahogada y canto y baile...
-¿No la guayó?
- No, pués.
-¿Por qué?
- Cómo será... La cosa es que a él, una noche en que el viento bramaba, se cayó una centella del cielo y lo dejó carboncito junto al fuego de tola.
Kispe, el tejedor, construyó su casa de paja y terrón, a los pies de una de las cuestas del cerro Huankar, el cerro fragoso y rosado de Abra-Pampa; trajo a su compañera. Cinco años después ya tenían tres guaguas y una tropilla de ovejas. De rompe y rasga la peste le quitó la mujer y los hijos. Coqueando, coqueando de día y de noche, se olvidó de sus muertos queridos, se olvidó de sí mismo... Y una noche, mientras rumiaba su acuyico, sin pensar en la vida ni en la muerte, en el dolor ni en la dicha; una noche de truenos horribles, mientras los nublados cerros le disparaban al furioso viento, se abrió el cielo, onduló una centella, corrió, corrió, llegó a su casa, penetró en la cocina y besó su frente...

- Quedó carboncito, señor, junto al fuego de tola...

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