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Wednesday, July 16, 2014

Picardías rima osadías.


Como peludo de regalo le venían esas monedas, como anillo al dedo le venían esos pesitos extras para darse unos días de descanso en el año sin preocuparse por los gastos, el curita se las pasaba juntando los doce meses la propina, los cincuenta y pico de domingos que presidía las misas tres veces en el día, más los días de fiestas patronales y de las fiestas patrias cuando había quermeses que le reportaban unos pesos de más, del diezmo que además de lo que le daba la empresa como un sueldito para que se mantenga, le caía como regalo del cielo, las multiplicaciones de los panes que les caían bajo la forma de dinero y abundantemente, de los que lo escuchaban y de los que no lo escuchaban, porque las matronas que lo ayudaban con las recolecciones y el estipendio, no dejaban rincón de la parroquia librado al azar y menos que menos caminaban si cada fiel, grande o chico, gordo o flaco, alto o bajo, no dejaba por lo menos unos centavos en esos sacos de pana roja, se la pasaba juntando, seremonenando para los dos o tres a los que él dirigía las arengas, los largos minutos de neurastenia en los que se olvidaba hasta del propio evangelio, pero así como era emprendedor para los rebusques verbales que le aportaban sus sustentos de ermitaño, el curita no sabía que le afanaban, no sabía nada de partidas dobles o patrimonios, ignorancia que aprovechaban los dos monaguillos que lo ayudaban en las misas, para irle sacando de a poco, de a centavos que para ellos representaban fortunas, ellos entraban sigilosamente en la sacristía, y con el tiempo fueron conociendo todos los escondites que habilitaba el fraile en libros, estanterías u otras cortapisas que inventaba, pícaros y osados los ayudantes, era lo único que omitían en sus confesiones, porque el curita los obligaba como misarios a tomar la comunión cerca, cerquita nomás de cuando hacían sonar las campanitas durante las ceremonias. 


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