Como peludo de regalo le venían
esas monedas, como anillo al dedo le venían esos pesitos extras para darse unos
días de descanso en el año sin preocuparse por los gastos, el curita se las
pasaba juntando los doce meses la propina, los cincuenta y pico de domingos que
presidía las misas tres veces en el día, más los días de fiestas patronales y
de las fiestas patrias cuando había quermeses que le reportaban unos pesos de
más, del diezmo que además de lo que le daba la empresa como un sueldito para
que se mantenga, le caía como regalo del cielo, las multiplicaciones de los
panes que les caían bajo la forma de dinero y abundantemente, de los que lo
escuchaban y de los que no lo escuchaban, porque las matronas que lo ayudaban
con las recolecciones y el estipendio, no dejaban rincón de la parroquia
librado al azar y menos que menos caminaban si cada fiel, grande o chico, gordo
o flaco, alto o bajo, no dejaba por lo menos unos centavos en esos sacos de
pana roja, se la pasaba juntando, seremonenando para los dos o tres a los que
él dirigía las arengas, los largos minutos de neurastenia en los que se
olvidaba hasta del propio evangelio, pero así como era emprendedor para los rebusques
verbales que le aportaban sus sustentos de ermitaño, el curita no sabía que le
afanaban, no sabía nada de partidas dobles o patrimonios, ignorancia que
aprovechaban los dos monaguillos que lo ayudaban en las misas, para irle
sacando de a poco, de a centavos que para ellos representaban fortunas, ellos
entraban sigilosamente en la sacristía, y con el tiempo fueron conociendo todos
los escondites que habilitaba el fraile en libros, estanterías u otras
cortapisas que inventaba, pícaros y osados los ayudantes, era lo único que
omitían en sus confesiones, porque el curita los obligaba como misarios a tomar
la comunión cerca, cerquita nomás de cuando hacían sonar las campanitas durante
las ceremonias.

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