Los últimos serán los primeros, repetía el
cura Martínez los días en que comenzaba a darse cuenta que los ahorros para sus
vacaciones le menguaban en cantidades importantes, los últimos serán los
primeros sentenciaba delante de los monaguillos más tranquilos y buchones que
le contaban del robo hormiga que hacían los otros monaguillos, los que andaban
con picardías y mentiras, para que fueran rápido a contarles a los otros, porque
los sacristanes además de piadosos tenían unas lenguas afiladas que iban y
venían con los cuentos por toda la parroquia, organizando las esperas en las
confesiones que comenzaban los jueves como a las cuatro de la tarde y
terminaban como a las diez de la noche, pero es que el curita no quería que los
otros se le fueran porque los malditos eran buenos haciendo lo que necesitaba
que hagan, como repicar las pesadas campanas y colocar las alfombras para los
casamientos que se daban uno por sábado, de donde todos ligaban unos vueltos
que acrecentaban el tesoro, porque los buenos eran malos como indolentes, pero
buenos con la lengua de cosas que al cura le servían hasta en el confesionario,
ellos le traían y le llevaban toda la inteligencia que ponía para resolver los
entuertos secretos del pueblo que eran mucho y pesados, después de todo donde
comen dos comen tres repetía delante de los ayudantes que con picardía y de a
poco le sacaban bastante, como para ayudar con la compra de mercaderías en sus
casas, los primeros serán los últimos jugaban a veces con los sermones del cura.

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