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Friday, July 18, 2014

Ocios rima humos.




Los viernes como a la diez de la noche, densas nubes de humo gris comenzaban a filtrarse por las rendijas de las ventanas del club social, y transitaban el aire lentamente, hasta que se diluían en la atmósfera cercana, dejando el espacio a nuevas nubes de humo gris que como si fueran encadenadas a otras con formas de anillos deformados, seguían esos periplos, más o menos, todo el tiempo, como hasta las tres de la mañana, de a ratos se interrumpían para volver a empezar, como si tuvieran vida propia y estuvieran jugando cualquiera fuera la estación del año, esas nubes espesas traspasaban confundiéndose en un espectro de colores con los haces blanquecinos de las luces de la calle, que salían de las tulipas de cuatro faroles, que alineados en la cuadra eran insuficientes para eliminar en forma conveniente lo que parecían unos noventa metros de la calle, entre la media docena de pavimentadas en todo el ingenio, esos días en esas horas en esos momentos, nubes densas de humo gris viajaban en forma intermitente por las calles que estaban más vacías que llenas, suspendidas sin interferencias, porque los sábados las sirenas para los de administración sonaban como todos los días de la semana, como a las siete de la mañana y, aunque se trabajaba medio día porque eran los días de jarana, la gente descansaba, temerosa que el carancho la descubriera en menesteres distintos a los menesteres que se suponía estaban confirmados por él para los viernes, esos días en esas horas en esos momentos, nubes densas de humo gris comenzaban a mezclarse con otras en algún momento, más densas aún y aún más grises, que en intervalos más largos, corrían caprichosamente con las otras hasta que se esfumaban también en la atmósfera, esas nubes en esos días a las horas y al momento eran signos inconfundibles, que adentro de los antros reducidos del club social, de tres salas a la calle y en subsuelo, el póquer de la apuestas fuertes había comenzado, y que el carancho, reputado jefe de la oficina de personal del ingenio, había prendido el habano que pitaba todo el tiempo.

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