Ojitos se hacían, se guiñaban los
ojos todo el tiempo, esos ojos todos iguales dibujados con el rímel que a mitad
de la noche comenzaba a ceder con la humedad y que ellas coquetas retocaban, y
disimulaban en las veces que entraban a unos baños privados, iban y venían de
esos baños ahí donde seguramente acomodaban las largas pestañas postizas y algunas
reforzaban algún símil de lunar al costado de los labios, ahí donde se
arreglarían también esas faldas muy cortas y esas musculosas ajustadas que
resaltaban sus pechos en los agrandados escotes, todas iguales, gordas y
flacas, altas y bajas, morochas pelirrojas y rubias, ojitos se hacían eso lo
supimos cuando fuimos habitué de la luz roja, cuando el fiolo que regenteaba
ese cabarute nos autorizaba una cuenta corriente para la bebidas de las chicas
y las nuestras, y que arregláramos directamente con ellas, para evitar entrar
en los cuartuchos sucios del boliche y lo que nos daba respiro cuando
arreglábamos las revolcadas, puro sexos de inconscientes de borrachos ellas con
algún daiquiri nosotros con whisky barato, fiestas que luego venían, ojitos se
hacían, se guiñaban los ojos todo el tiempo, como si fueran niñas felices
gozando de esos momentos de sexos desenfrenados, eso lo pensábamos de brutos
que éramos, esclavas se sentirían cuando eran doncellas, a las que nunca les
preguntábamos para no involucrarnos, princesas entristecidas llorando a moco tendido.

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