Un degradé de grises infinitos,
de infinitos puntos entre el blanco y el negro, de grises entre grises oscuros más claros, se desprendía de una de las
caras de semejante artefacto, un armatoste sobre una mesa enorme, un degradé de grises infinitos brillando en la
penumbra del también inmenso living de la casa confortable, alborotaba a los niños que, como si
fueran un enjambre de abejas alrededor de un panal, estaban concentrados y en
silencio esperando lo que nadie sabía muy bien qué estaban esperando, en forma
intermitente de a ratos, perfiles borrosos que aparecían unos segundo para
volver a diluirse en otros segundos en ese cielo encerrado en esa caja, justo en ese universo que
no tendría ni siquiera un miserable metro cuadrado de tamaño, incontables
estrellas negras o blancas, titilando, puntos remotos en esas galaxias reducidas que de
prenderse y apagarse parecían estar viajando en el tiempo, volviendo y
devolviendo los perfiles de imágenes remotas que aparecían y que desaparecían
con la misma facilidad, y los niños trastornados pasaban y paseaban en
silencios sepulcrales, entusiasmados como estaban por descubrir lo que no
sabían muy bien qué tenían de descubrir, hasta que los padres amorosos de explicaciones cortas dijeron lo que no sabían muy bien lo que decían, que eso era la televisión que era más entretenido que la radio y que, lo que se veía borroso, era una transmisión
desde la luna, un paso pequeño para el hombre un gran paso para la humanidad
dijo el papá con impostación de maestro.

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