En la edad de merecer, de pronto
nos olvidamos de la isla, nos olvidamos del tajamar, nos olvidamos del coche
motor que esperábamos en el tramo de vías entre la casa de piedra y la
pantalla, y en cambio comenzamos a ir más seguido a la luz roja, allá donde
cada noche había un rejunte de destinos, una casucha humilde que oficiaba de
prostíbulo justamente a unos metros de otras vías, casualidades, las vías de
las zorras que pasaban con los paquetes de caña de los lotes libertad y
calilegua rebalsando una chorbitas que apenas servían para sujetarlos encima en
ejes de cero setenta, allí entrábamos, destinos, con familiaridad después de la
primera vez que, salvo los parentescos de tíos que enseñaban al debutante o
amigos comedidos o padrinos enganchados, casualidades, habíamos pasado todos
sin excepciones, con la excepción del flaco, había que hacer la salvedad,
porque fue el único de todos que terminó como no terminamos ninguno de
nosotros, en ese lugar de bohemios donde las caras de las entristecidas mujeres
eran lo que aparecía al último, destinos, bien al último, de una montaña de tetas y de piernas que las
precedían, hábilmente insinuadas en medio de las luces mortecinas que eran el
complemento de las penumbras y el olor desconocido entonces por nosotros, del
sexo repetido varias veces varias noches durante las semanas, en la edad de
merecer fuimos y volvimos de ese bolichón apagado pagando por los tragos y los
derechos a tocar lo que ellas querían dejarnos tocar en los tramos gratarolas y
tarifados de esas reuniones donde el flaco, tangos o cumbias de por medio,
desprotegido y descompuesto por aguardiente barato, sucumbió a los encantos de una
de las chicas que, cuando él le habló de dejar el oficio para irse a vivir
juntos, ella le dijo con qué y no la vio nunca más, puros destinos, casi
casualidades.

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