Eran cualquiera esos que llegaban
después de las luces fuertes y resplandecientes de los faros que alumbraban los
conos a oscuras, los resplandores entre luces intensas y sombras también
intensas de esas docenas de estrellas que aparecieron en el horizonte, que se
prendieron esa noche de julio en las pistas de Catriel y por lo que dijeron
después en otros lados del pueblo, eran cualquiera. hombres, matones contratados,
sicarios y milicos, empujando y gritando en medio de sus propios nerviosismos y
miedos, lacayos de patrones sin rostros, como ellos mismos protegidos en los conos de oscuridades y sombras, frente a cientos de imberbes y calentones y pelotudos, sorprendidos con sus rostros alumbrados por luminarias descomunales, que no eran las del boliches de los viernes y sábados, con esos que venían para averiguar antecedentes, esos que querían conocer de apuro, ahí nomás en el
instante, los pasados de vidas sin pasado los pasados de vidas de tipos apenas
con ese presente de jarana deambulando en busca de encontrar una pareja,
desconocidos con caras detrás de esas docenas de soles de noche que se
encendieron para mirar fisionomías anodinas de tipos sorprendidos como
vizcachas atontadas en los páramos del chaco, eran cualquiera esos que llegaban buscando
vestigios de traiciones que no se hicieron de revoluciones que ni siquiera
habían empezado, la noche del operativo cuando comenzaron a desmantelar los
sueños de tipos que ni entendían cuáles eran los problemas, eran cualquiera
esos que llegaban detrás de las luces en las oscuridades tal vez de la
vergüenza de traicionar a viejos amigos
a parientes iracundos, deteniendo por averiguación de antecedentes que ni ellos sabían de qué se trataba, cosa que no
pudieron hacer con el negro que esa noche se escabullo para siempre entre las sombras de los otros esquivando las luces que esa noche no eran ni blancas ni rojas.

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