Algo nos empujó al negro y a mí a uno de los conos de sombra que
apenas sobraban en la pista reducida de Catriel cuando los hombres entraron, cabrones, tanto
escándalo hicieron con luces por todos lados buscando lo que no sabían muy bien
en el lugar equivocado, encandilando con esas estrellas y soles que de solo
estar reemplazaron las luces blancas del boliche, encandilando y a los gritos
que más que gritos eran como consignas y órdenes que lo mejor que podíamos
hacer era quedarnos quietos hasta que algunos de ellos llegaran hasta donde
estábamos, eso dijeron, algo nos empujó, la multitud de chicos que en esa noche
justo en ese momento que aparecieron bailábamos la bamba, alguna parejita
trastabillando por los tragos y franeleando todavía, absortos los dos a las
amenazas de los tipos armados más borrachos que nosotros y que en sus manos
sostenían armas o soles de noche, algunos de nuestros amigos que sabían que el
negro en esa se jugaba, algo nos empujó y quedamos por segundos adentro de un
túnel oscuro y largo donde estábamos solamente los dos, cerca de la parrilla inventada,
donde el hermano del dueño del boliche, vendía docenas de choripanes a hippies
como nosotros que demandábamos esos panes que desparramaban grasa por todos
lados en los intervalos de los tragos largos y las franelas con las mujeres que
nos mareaban, algo nos empujó y no dejó en algún lugar del que pudimos correr y
perdernos en la noche para que no lo pescaran, debe haber sido tarde porque el
carbón en la parrilla era a esa altura mas cenizas que chispas, los tipos rondaban todavía por el ingenio, lo mismo el chabón se escapó.

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