En las frías mañanas de invierno,
en las horas quinientos cinco dos puntos cero coma cero, cuando la escarcha no
se había derretido aún del borde de los rieles, esas bestias bufaban como si fueran
humanos y se estuvieran quejando de siglos de trabajos forzados de trabajos
pesados sin descansos, como si largaran bocanadas de aliento denso y de humito
que se formaba por las diferencias de temperaturas entre el calor de sus
entrañas y el frío de afuera, bocanadas de vapor cuando se abrían las
compuertas de la máquinas para aflojar con las presiones de sus corazones que
ardían, o en las ardorosas tardes de veranos en las horas mil novecientos
diecinueve dos puntos cero coma cero, cuando los cincuenta grados a las sombra
parecían romper las marcas de lo termómetros y el calor para derretir aún el
borde de los rieles, esas bestias bufaban como si fueran humanos que se
quejaban de siglos de sobre cargas para mover el tren de treinta vagones que
todos los días salía desde el ingenio, deambulaba el panzón de Don López con su
libretita de hule negro en la mano anotando las numeraciones que después
confirmaba en las cartas deporte del despacho, con su libretita y su hipo, un paso adelante un hipo dos pasos atrás, un paso adelante un hipo y un pedo un paso atrás, trastabillaba aturdido en sus resacas, hipando en casi
aprontes de vomitadas que lo hacían tambalear en sus recorridas saltando
durmientes, llevaba años ahí haciendo el mismo trabajo de jefe de estación de
tercera con dos ayudantes que más que ayudantes parecían fantasmas recorriendo
el apeadero deslucido, en las frías mañana de invierno comenzaba con un taco de
coñac que lo entonaba y en las ardientes tardes de verano apagaba sus incendios
con dos o tres cervecitas antes de la cena, bufaba, como las dos máquinas de
vapor que preparaban para los movimientos en playa.

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