Ninguno supo explicar cómo
desmantelaron ese quilombo con los canas pertrechados diseminados por todas las
calles del pueblo, si fue por el cagazo que dan esos tipos con uniformes revólveres
de percusiones y cachiporras en manos o porque quién más quién menos los
obreros tienen en la policía un primo o un hermano o un cuñado, y que entonces
trenzarse es como matarse entre los mismos compañeros, en ese pueblo donde
todos se conocían, pueblo chico infierno grande, un par de sogas gruesas
sujetaban uno de los extremos de los toldos que los negros improvisaron como
techos que los protegieran del sol y de la lluvia durante los días de esa
huelga del cincuenta y ocho, los otros
extremos sin contemplaciones los clavaron en las mamposterías ornamentales del
monumento a la compañera evita, que era el centro de la traza cuadrada de la
plaza, inaugurada apenas unos pocos años atrás cuando ellos en el sindicato
apoyaban su candidatura para acompañar al general en el nuevo gobierno, los
campeonatos infantiles de fútbol, los guardapolvos y las zapatillas para los
niños en las escuelas sus desayunos y sus meriendas, eran conquistas sin
vueltas que no podían perder aunque ella hubiera fallecido y él hubiera tenido
que escapar de las garras de los traicioneros y vende patrias, ahora tristes y
en pedo se preciaban diciendo que gracias a esas acciones y sin lamentar
muertes como en otros lugares estaban logrando que les reconocieran las horas
extras y los aumentos que pedían ahora que ya no estaban ni el general ni la
secretaria vitalicia de la cegeté de todos los sindicatos juntos, un par de
sogas gruesas sujetaban esa carpas improvisadas donde los laburantes tomaban
sus mates y manyaban sus guisos con patitas de chancho y tripa gorda, ninguno
supo explicar cómo desmantelaron ese quilombo, si fueron los uniformes grises
de los canas uniformados como ellos con sus mamelucos o las parentelas, el último día que se hizo presente el carancho
con media docena de abogados contratados por la empresa intimándolos a retomar
sus trabajos, a volver al campo y entrar a la fábrica, porque sino al otro día
recibían sus telegramas de despidos con justa causa.

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