Celebraban la vida por su lado
cuando se conocieron, tardes de primavera confirmadas en el follaje de los
árboles, atardeceres de otoño fortalecidos por senderos sembrados de hojas
secas y quebradizas, y ellos en el medio enmarañados en las marañas que armaban armándose, siestas de verano explotadas en los cauces del agua marrón
oscura del río san Lorenzo, auroras blancas de invierno escarchadas en las
aguas servidas de la fábricas que bufaban, y ellos lejos disfrutando lo que se disfruta sin precios sin pesos, celebraban la vida por su lado y
siguieron celebrándola juntos mucho tiempo, eran divinos y no había porqué no
hacerlo, disfrutaban de sus tiempos cuando los tiempos parecían infinitos para
adelante, cuando todo estaba completo cuando nada se desarmaba, cuando los días rebalsaban de futuros y no había quien pudiera
limitarlos, ni nada ni nadie, cuando cada instante era una plenitud y ellos mismos los eran,
llenos de energía y de juventud al menos para un rato para adelante, lo hicieron desde los
primeros contactos de sus manos sobre los cuerpos del otro, desde los primeros
días de sexos sin reparos, hasta los días de silenciosa mansedumbre hogareña,
celebraban la vida y siguieron celebrándola mucho tiempo, en los vástagos que
salieron como ellos los soñaron, rosados y regordetes, las manitos como
empanaditas de copetín en la edad temprana de las osadías de torpes y
atropellados, en las ocurrencias espectaculares de niños sin asedios, en los
riesgos fútiles de la juventud con iracundia, celebraban la vida hasta que dejaron
de celebrarla y comenzaron con maldiciones, maldijeron la vida cuando se
desconocieron cuando el mayor de su prole quedó sin vida en un accidente de
autos y les tocó ver que a veces, los que llegan al último se van primero y que los que llegan primero se van al último, maldijeron la vida entonces siguieron maldiciéndola.

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