Cuando ni se
sabían de las broncas de los mayores que salpicaban para todos lados ni se
entendían, de las salpicadas de mierda para los cuatro puntos cardinales en el
pozo ciego de la calle, cuando tampoco se entendían esos enjuagues, que además de
los líos que ellos tenían anduvieran mezclando a todos los de la familia como
si todos tuvieran que haber estado contra todos, como si hubiera sido una obligación
odiar porque el jefe de la familia odiaba, como si hubiera sido una condición
ponerse de un lado o del otro, para seguir recibiendo las comodidades que
llegaban de estar aunque los niños no entendieran nada, y los que eran los
mayores los abuelos no tuvieran ni fuerzas para meterse ni quisieran, cuando ni
se sabían de los problemas de dos tipos que se odiaban, si seguirían si alguna
vez podrán reconciliarse, si eran torpes y entonces no entendían de
reconciliaciones o quisieron reconciliarse pero fueran demasiado torpes como
para que tomaran la posta y hacerlo cada uno por su cuenta, si el odio se acababa
si la insidia no terminaba, y además que esos mismos dos tipos les contaran de
sus odios mientras fornicaban a sus mujeres dos o tres veces en las noches
después de los orgasmos, y que sus mujeres fumando sus Derby después de sus
éxtasis, farfullaran las mismas broncas cuando alimentaban a sus críos en las
mañanas, cuando los despachaban a las escuelas y cuando les daban sus meriendas
y los pucheros a las noches o los mediodías, cuando todo eso que era una cadena
que no se cortaba, se cargaban demasiado las tintas de los tinteros de mucha
gente, como el de la doncella Capuleto, allá donde no era ni siquiera Verona en
ese pueblo verdeado por la caña que rodeaba sus perímetros por allá cerca de la
tacita de plata, como el tintero invisible de la niña, que tenía sus aposentos
con balcón a la calle y entonces le pidió a su hermana que se fuera de una
amiga para verse con su Romeo, el gentilhombre que llevaba rondado por la
cuadra varios días porque la princesa le insistía que por fin pudo treparse y
hacer lo que no sabía, llenarla y dejarla engrosando pidiendo más de lo que
ella también pedía y tampoco sabía recostada y con sus piernas abiertas, mientras
los ecos del pata pata de la Miriam Makeba llegaban claritos de la milonga en
el tinglado del club de los lobos, justo el mismo día que ganaron el ascenso a
la primera be, y el día que el atlético jugaba con boca en el estadio del
ingenio.

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