Parecía que los brotes de holgura
económica se extenderían como olas de generosidades sobrenaturales, todo el
tiempo, en los campos fértiles de su matrimonio bien avenido, un matrimonio de
esos donde entre ellos no tuvieran ni un sí ni un no, ninguna diferencia que
significara discutir de eso que es poner el pan sobre la mesa, ni de ninguna
otra manera que distrajera la maravillosa aventura de formar una pareja, parecía
que los brotes esos se fortalecerían todo el tiempo, con los cambios oportunos
del clima cómplice también de esos soplos que procedían de algún lado, mucho
sol humedad y presión suficientes lluvias cuando fueran necesarias, que bajaban
de voluntades invisibles pero se hacían visibles en progenitores más que
pudientes gracias al sudor de su frente, que les fueron asegurando las
coberturas suficientes como para que ellos fornicaran y engendraran a gusto y
paladar, para que se saciaran de sexo como hay que saciarse a los veinte, con
energías varias veces al día todos los días en todos los rincones posibles, con
la tranquilidad que cualquiera fuera la cantidad de críos que vinieran tenían
asegurado los pucheros y las ropitas y todos los otros chirimbolos que en las
épocas modernas inventaban para vender cada vez más cosas a la gente, parecía
que todo andaría de parabienes hasta los días en que esos brotes comenzaron a
secarse, de golpe de a poco, de repente, sin razones que explicaran eso, salvo en
la campiña menos fértil de los rebusques cotidianos por cuenta propia cuando
comenzaron a debilitarse las provisiones providenciales y entonces, las
discusiones reemplazaron a las copulaciones en los contactos diarios, y las
fertilidades espontáneas se cambiaron por premoniciones de los períodos de
menstruaciones de ovulaciones, en cálculos mezquinos de las culeadas a
reglamento, para que nada se saliera de lugar, como si fueran el uno sin el
otro.

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