Cuando los desmanes en las olas
de esos mares en los que andaba se calmaron, cuando las olas sobre las olas de
los disgustos que les ocasionaba a los jefes que por lo menos tenían que
escucharle sus arengas sobre las justicias los coyas y la salud de los coyas
que se acercaban con la cosecha, cuando las olas por las olas anteriores de las
mortificaciones que caían sobre él con las contestaciones y los desplantes de
esos mismos jefes sin solucionar las mínimas necesidades sanitarias siquiera de
esos bolivianos que contrataban en la frontera por dos mangos, cuando esas olas
se calmaron y pudo navegar a mar abierto sin las aguas turbulentas de los
quilombos diarios, cuando ya no hubo más jefes administrativos metiendo las
narices en los servicios médicos, cuando no hubieron más esas arengas con que
el tesorero se quejaba por los
medicamentos que él pedía, que eran caros para curar a unos patas sucias de
mierda, cuando ya no hubo todos esos
alborotos que se armaban y fueron el motivo por el que lo echaron de la
empresa, el carancho pudo ver la perspectiva y comenzó a juntar su capitalcito
con las consultas que caían tanto a montones
que tuvo que contratar dos secretarias que en dos turnos, se
desgañitaban adivinando las urgencias de las consultas comunes, para
organizarle los turnos que él cumplía exactamente entre las catorce y las
veintidós horas con una hora que se tomaba por el merienda con la aclaración
que el último paciente entraba a las nueve y media, hasta su consultorio
llegaban las mamas con los chicos tomando pecho todavía, y la caterva de
infelices que venían con desvíos de columnas por trabajar muy encorvados en los
surcos, y las orejas como hojas de repollos que les quedaban después de años de
estibar el azúcar en bolsas, hasta él venían y le pagaban bien como
correspondía, en plata bien pesos, en gallinas en docenas de huevos en
mantequillas o quesillos preparados por las abuelas, que también hacían leche
cuajada y arroz con leche.

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