Como si fueran infinitas fichas
de dominó, acomodadas verticalmente, como si fueran infinitas filas de fichas
muy cerca unas de otras, como si fueran esas fichas mostrando los contornos de
algo de algún dibujo, que se desarmaba en segundos con solo tocar una de esas fichas,
porque después los efectos se desencadenaban solos, volteando una tras otras de
las fichas acomodadas verticalmente, como olas de plástico negro con puntitos
blancos, como ondas de maderitas también con puntitos blancos o lo que fueran, como
si fueran eso fueron sus días en los días que siguieron al día que lo echaron a
patadas del hospital del ingenio, las neurastenias repetidas se le pasaron,
dejó de estar enojado con él y con todos los de sus entorno, y se le despejó la
cabeza al carancho cuando se puso a trabajar por cuenta propia, y pensaba que
además de lo que sabía, las casualidades lo iban acompañando como si fueran sus
guardianas, casualidades que aparecían en los pomos chupados desprolijamente de
pomadas mágicas guardadas en los cajones de la mesa de su consultorio, en los
pomitos de crema con los que calmaba tracaladas de sarpullidos y picazones con
orígenes extraños, con las que bajaba las inflamaciones de quemaduras de grado
intermedio, en las tabletas de analgésicos desordenadas en sus botiquines
destartalados, genioles que curaban igual una molestia en el oído que una
jaqueca aguda, en los frasquitos de antibióticos que utilizaba como
herramientas en instancias de emergencias cuando los llantos de los enfermos lo
desbordaban o lo desbordaban las angustias de sus llorosos parientes, el
carancho de todas maneras curaba con gran conocimiento pero también con los
vientos de cola de sus suertes.

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