Las sirenas se escuchaban como
docenas, como cientos de lloronas, todas quejándose, al mismo tiempo, por esos
largos estertores que sonaban ininterrumpidos por un minuto, largos y agudos en unas
veces y cortos otras veces, esos iuuuuuiuuuuuu infinitos, las sirenas se
escuchaban como sirenas en celos privadas de sus nirvanas de sus efebos
eunucos, infértiles, las sirenas chisporroteaban como chisporroteaban los
obreros en los cambios de turno, chisporroteaban las sirenas para zamarrear a
los indolentes y a los cornudos que encontraban sus lechos calientes, y los
empleados en las entradas y las salidas, que eran con pitos con bocinas de
otros sonidos, mas graves, como si fueran viejitos con carrasperas, como
viejitos babosos tosiendo en intervalos, los obreros y los empleados, y los
ingenieros en sus gabinetes y los contadores en sus tesorerías, sin descansos
reparadores desfilaban por los turnos y el carancho los defendía en el
sindicato, las sirenas piteaban apenas después que el vapor pujara o relajara
la presión con la que se movía por los laberintos de cañerías que eran
remiendos de remiendos, que diseñaban los supervisores, cuando se abrían o
cerraban las bridas, cuando se abrían o se cerraban las válvulas en los codos
de esas cañerías, y el vapor circulaba mezclado con los olores nauseabundos de
los baños comunes que concentraba las meadas de cientos de obreros todos los
días, cuando cerraban las compresas y dispersaban esos olores nauseabundos que
daban nauseas a algunos obreros más débiles que otros por faltas de pucheros,
las sirenas se escuchaban como sirenas y los neurasténicos, obreros o
empleados, se ponían idiotas solamente los domingos, los domingos a la tarde.

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