Cuatro mudas de pantalones de
hilo muy fino de un blanco que nunca se ponían amarillentos con los baños de
legía que la mucamas que tenía para que los atiendan les hacían cada vez que
los lavaban, cuatro remeras de piqué blancas y también como el blanco de las
palomas que acompañan a los ángeles, cuatro pares de zoquetes y dos zapatillas
completaban los atuendo, blancas también como esas nubes que a veces se recortan
en los celestes diáfanos de los cielos, uno por cada día de los siete días que
el flaco se la pasaba después de su trabajo, tipo siete de la tarde, haciendo tenis
en cancha de ladrillo picado en el club social, con la media docena de mujeres
que le tiraban unos mangos para que les enseñe algo que sin confesarlo había
empezado ahí nomás para eso, para relacionarse con ellas que lo tenían filmado
porque era buenmozo y sin compromisos, y él por su parte que también las había
junado y había desarrollado el olfato para darse cuenta de las actitudes de la
mujeres olvidadas, en figurillas se las vio el flaco Pérez cuando se murió su
mamá justo que el estaba a punto de cumplir los treinta años y ya tenía doce
años de dandi del pueblo, con fama entre todo el hembraje de los jefes del
ingenio, ocupados más en sus trabajos y en chuparles las medias a los
patroncitos que eran dueños y a los supervisores que los obedecían y ordenaban
lo que no querían en las buenas y en las malas, como aquellas cuando venían las
purgas por reducciones del personal por presupuestos ajustados, en figurilla se
las vio el flaco Pérez cuando se le acabó la vidurria por fallecimiento de su
señora madre, una rica y próspera comerciante de la Quiaca que se había
instalado en la ciudad gracias a las regalías que había sacado toda su vida vendiendo
al por mayor la mercadería que le entregaba a la empresa para que reparta a los
coyas contrabandeando desde Bolivia por los pasos de la quebrada, una mayorista
hábil que tenía cinco dientes de oro y era famosa y la envidia de los coyas que
adoraban esas prótesis que ponía el Dr. Méndez el gordo que era el único
dentista del pueblo, en figurillas se las vio el flaco Pérez y se le acabaron
las ceremonias cuando su mamá lo mimaba cocinando lo que le gustaba antes que
él se durmiera esas siesta reparadoras, para volver al ataque y acostarse con
cada una de la media docena de damas olvidadas de los jefes ocupados de la
empresa, esos jefes ocupados por llevar el sustento a sus casas donde sus
mujeres, olvidadas se revolcaban en cualquier lado con el flaco Pérez que les
hacía el amor como ellas soñaban, negro se la vió en figurillas ese galán de blanco, de los martinis y el tenis, esa información le llevaban al carancho, uno
y otro, una y otra vez.

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