No era para protegerla que la
levantaba en andas y se la llevaba a su cama tambaleando de la tranca, no era
que esa pequeña criatura temblaba del frío o del miedo a las pesadillas y
entonces el la arropaba y se acurrucaba con ella en un lecho de flores de
primavera, abrazándola cubriéndola con sus brazos firmes, tampoco era una
madeja de ira la niña medio dormida tal vez soñando que se trataba de una
pesadilla, no era que su mujer le pidiera que lo hiciera porque siempre
coincidía con estancias largas de ella en la cocina fumándose un porro o
tomando la birra comprada con la changa del día, quejándose de la vida de la
falta de plata para vivir dignamente de la ira que le dan los que tienen, odio
a los que tienen, no era que el la levantaba en andas como a un angelito,
femenino con las alitas húmedas y replegadas, como los maridos levantaban en
andas a sus esposas vírgenes antes de desvirgarlas y manchar las sábanas con
sangre, no era para acariciarla dulcemente y acompañarla en las vigilias
durante las que se esperaban los cuentos de caperucita o Alicia en el país de
las maravillas, no era nada de eso, no era para eso que deambulaba en el
estrecho y corto pasillo de la casucha con paredes de tablones y cartones, la
llevaba sí, se acurrucaba en la cama junto a su pequeña criatura y la comenzaba
a acariciar como si fuera una hembra experimentada, para que la otra le fuera
ofreciendo voluntariamente sus orificios y sus ganas, suavemente sí, pasando
sus manos por esos muslos, sin reacciones naturales todavía tiernos todavía,
suaves de niña que empezaba con sensaciones, con esas manos de abajo hacia
arriba, andando suavemente hasta el propio centro de esa hembrita, confundida
aguantando en silencio las caricias que no se entendían, de dedos que le
rondaban esos lugares calentitos, por allá donde salen la pis y la caca, no era
para protegerla que la levantaba en andas, cuando la tenía cerca la iba
sometiendo despacio como si fuera en cámara lenta, hasta acomodarla boca abajo
y reemplazar esos dedos de borracho, por esa cosa grande también de su centro,
esa cosa enorme que jugaba abajo, como si fuera un trompo buscando esos
pequeños agujeritos, no era para protegerla que se la llevaba con el sino para
penetrarla, despacito con besitos para que no se sintiera que estaba con un
extraño, después de todo su mamá le decía que era su papá y a lo mejor estaban bien las caricias que le hacía, para que luego durmiera, a lo mejor estaban
bien esas molestias esos dolores, esas irritaciones que le causaban estar con
el único que paraba la olla para los nueve hermanos.

No comments:
Post a Comment