Como si le hablaran al mismísimo
dios tipos pidiendo misericordias, estirando como mendigos las manos como si
esperaran la multiplicación de los panes, en el exilio en los exilios en los
auxilios solos frente a frente con él en su oficina ahí caían pidiendo lo que
pedían, compadres con sus sueños con sus pasiones sin darse vueltas por su
cuenta, hombres falderos desfilando todo el turno a pesar que a la sargentona
de la secretaria él le fijaba cupos de reuniones por día con la admonición que
si no salían las cosas como quería no había regalos de chocolates o chupetines
de esas golosinas con las que caía todos los días, deambulando por esto por
aquello, un turno que se hacía por más de las horas que pasaba adentro de las
oficinas húmedas, no eran un uno, ni dos ni tres, hacheros que de buenos no
podían ser condenados por los jueces de paz, que los mandaban de otros pueblos
porque de borrachos cagaron a machetazos algún inocente en otros lugares pero
entonces ellos mismos no podían ser condenados, matacos infelices atrapados en
redes de bataclanas livianas y aburridas que pasaban de amas de casa por las
comodidades que les daban los mismos chuzos, que maldecían la hora de haberse
casado de puro calentones lo juraban, o porque al final eran bestias buenas y
dóciles y reconocían a todos los niños que nacían en su nidos fueran de quien
fueran, si las brujas no se movían de sus casas, indolentes que chupaban como
ladrillos de segunda y entonces se dormían unas trancas de novela, ladronzuelos
hormiga de azúcar por kilo debajo de los sobacos o directamente en medio de las
bolas, parias mendigando que los hicieran efectivos para trabajar todo el año
porque en eso de laburar cada seis meses la plata no alcanzaba, maleducados que
se envilecían y les contestaban a los supervisores de esos que a veces les
calzaban unas piñas, avivados enfermos marcando tarjetas para dos o tres amigos
borrachines, mujeres denunciando que los maridos no les entregaban las
compensaciones por hijos, o hijos denunciando a sus padres por falta de
alimentos, golpes, putas de la luz roja que se quejaban que los obreros que
entraban a sus salones se terminaban yendo sin pagar, de todo atendía el gringo
por toda la información le servía dentro de la empresa, eso sí, evitando
tropezar dos veces con la misma piedra, al que escuchaba una vez, y le fallaba
dos veces , tres lo echaba.

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