Revulsivo el gordo terminaba de
comer, y a los hipos se levantaba en brazos a una de sus dos princesas y se iba
a dormir, destilando alcohol por el aliento o por los poros, acomodaba a la
elegida que tiritaba entre sus brazos, se desnudaba como podía y a la princesa
también la ponía en bolas, y se metía en el entrevero de sabanas y colchas si
era invierno, o se cubría con el cubrecamas afanado para cubrir sus porquerías
si se trataba del tórrido verano, en esos momentos dispensaba a su consorte lo
que él entendía que le tenía que gustar, se la colocaba entre las piernas se
masturbaba, tocaba esas tetas que apenas
asomaban, la apretujaba en su pecho diciendo que no se asustara, que la quería
mucho, como a su hermana, como a su mamá, como a todos los que comían de su
lomo, revulsivo el gordo, pasaba sus manos grasientas sobre la suave piel de su
doncella prometiendo paraísos que no llegaban, cielos que ahí nomás se
convertían en infiernos, promesas que se diluían ahí nomás en la tormenta que
desataba, y, si su mujer lo agarraba, como lo agarraba a veces después de sus
eyaculaciones nunca antes como si fuera a propósito, le decía que las amaba
mucho, como a sus hijos, y que agradeciera, que no es cruzado como el cura de
felices los niños que se pasa a varones.

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