Docenas
de vuvuzelas pequeñas de todos los colores fosforescentes, y también coloridas
matracas con sonidos infernales, traca y traca como si fueran docenas de
corazones latiendo ante un micrófono o una sala de relojes del tiempo de
ñaupas, con un sinfín de piñones rotando mientras se rozaban, mandando el péndulo
de un extremo a otro, también emitiendo monótonos sonidos en alto parlantes,
matracas y maracas de plástico, matracas que reproducían ruidos desordenados
maracas afónicas engomadas del caramelo de docenas de manzanas con baños de
caramelo, matracas y maracas y baleros de plástico, y banderines en celofanes
ordinarios con el nombre del circo y la leyenda ese erre ele, que era la
sociedad del panzón del dueño, que justamente en la panza y en esa enorme
redondela de su cintura tenía toda la inversión de sus beneficios, con el otro
panzón del contador que entre una partida doble y otra le afanaba lo que él
les afanaba a los artistas, montones de esos minúsculos articulitos con la
propaganda del circo caían en las manos de esos niños caprichosos que querían
que los padres los llevaran todos los días, adminículos que esos mismos niños
les hacían pagar caro a padres puteadores que maldecían a la ese erre ele al
gordo y al mismísimo contador, porque todas las porquerías esas terminaban en
sus manos como todas las camperas y pulóveres del grupo incluidas las de las brujas si
eran de las partidas, de a docenas los artistas, que eran poco más que una
cincuentena desde que el circo entró en épocas de vacas flacas en el ingenio,
convertidos en vendedores minoristas le peleaban a parar la olla.

No comments:
Post a Comment